viernes, 15 de mayo de 2015

IRRESPETO





No soporto a los titiriteros, ni a los payasos, que siempre comienzan sus presentaciones de este modo:
–¡Buenos días, niñitos!
–¡Buenos días! –contestan a coro los aludidos.
–¿Cómo están ustedes?
–¡Bien!
–¡No se oye!
–¡Bien!
–¡No se oye!
–¡Bien! –responden los niños con resignación. No tienen dudas de que quienes preguntan son estúpidos o sordos. O ambas cosas.
–¿Cómo se sienten? –insisten los pseudotitiriteros y payasos de pacotilla.
–¡Bien! –siguen contestando los niños.
–¡No se oye! –repiten los desalmados, demostrando que existe una forma de sordera estimulada por la estupidez.
–¡Bien! –responden los pequeños, ya al borde del paroxismo y con deseos de dejar a los padres o adultos que los han llevado al espectáculo, a quienes parece no molestarles el vendaval de necedades.
–¿Ustedes no han desayunado?
–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!
–¡A ver, no se oye!
–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!
–¡No se escucha nadita!
–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!
En semejante bobería pasan tres o cuatro minutos del supuesto espectáculo que luego deviene, si se trata de títeres, en un muñeco que con un palo golpea a otro. Entre los payasos, en un intercambio de bofetadas, aunque lo más común es que el payaso alfa golpee a otro u otros sin que estos le respondan.
Por cierto, estos payasos alfa, si son tan machos como se presentan, ¿por qué siempre tienen voces agudas y chillan tanto?
Lo peor es que después las cosas no mejoran. Todos los actos de las obras de títeres se resuelven con uno de estos golpeando a los otros y, en el caso de los payasos, con caídas truculentas, sonidos de cuchufleta y patadas en los respectivos traseros, que tendrían gracia si dejaran que el público se las propinara.
Cuando termina el espectáculo, la impresión que queda es que éste se ha perpetrado sin imaginación y utilizando solamente las dos últimas sílabas que dan nombre a la actividad.
Quienes actúan así jamás respetan al público, especialmente, a los niños. Los consideran insuficientes mentales y supongo que por eso ellos actúan como tales.
Tal consideración, por cierto, es un reflejo de cómo la sociedad percibe a los niños. No como seres humanos en desarrollo, sino como subnormales que aceptan y se conforman con cualquier cosa. Ésta, por cierto, es también la premisa de la publicidad por televisión.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El público más exigente y espontáneo suele ser el constituido por niños. Ellos te dicen cara a cara, y no en los pasillos o en artículos firmados con pseudónimo, si les gustado o no lo que has hecho.
Este irrespeto es la principal causa por la que fracasa la mayoría de los espectáculos para niños.

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