No soporto a los titiriteros, ni a los
payasos, que siempre comienzan sus presentaciones de este modo:
–¡Buenos días, niñitos!
–¡Buenos días! –contestan a coro los
aludidos.
–¿Cómo están ustedes?
–¡Bien!
–¡No se oye!
–¡Bien!
–¡No se oye!
–¡Bien! –responden los niños con
resignación. No tienen dudas de que quienes preguntan son estúpidos o sordos. O
ambas cosas.
–¿Cómo se sienten? –insisten los
pseudotitiriteros y payasos de pacotilla.
–¡Bien! –siguen contestando los niños.
–¡No se oye! –repiten los desalmados, demostrando que existe una forma de sordera estimulada por la estupidez.
–¡Bien! –responden los pequeños, ya al
borde del paroxismo y con deseos de dejar a los padres o adultos que los han
llevado al espectáculo, a quienes parece no molestarles el vendaval de
necedades.
–¿Ustedes no han desayunado?
–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!
–¡A ver, no se oye!
–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!
–¡No se escucha nadita!
–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!
En semejante bobería pasan tres o cuatro minutos
del supuesto espectáculo que luego deviene, si se trata de títeres, en un
muñeco que con un palo golpea a otro. Entre los payasos, en un intercambio de
bofetadas, aunque lo más común es que el payaso alfa golpee a otro u otros sin
que estos le respondan.
Por cierto, estos payasos alfa, si son
tan machos como se presentan, ¿por qué siempre tienen voces agudas y chillan
tanto?
Lo peor es que después las cosas no
mejoran. Todos los actos de las obras de títeres se resuelven con uno de estos
golpeando a los otros y, en el caso de los payasos, con caídas truculentas,
sonidos de cuchufleta y patadas en los respectivos traseros, que tendrían gracia
si dejaran que el público se las propinara.
Cuando termina el espectáculo, la
impresión que queda es que éste se ha perpetrado sin imaginación y utilizando
solamente las dos últimas sílabas que dan nombre a la actividad.
Quienes actúan así jamás respetan al
público, especialmente, a los niños. Los consideran insuficientes mentales y supongo
que por eso ellos actúan como tales.
Tal consideración, por cierto, es un
reflejo de cómo la sociedad percibe a los niños. No como seres humanos en
desarrollo, sino como subnormales que aceptan y se conforman con cualquier
cosa. Ésta, por cierto, es también la premisa de la publicidad por televisión.
Sin embargo, nada más lejos de la
realidad. El público más exigente y espontáneo suele ser el constituido por
niños. Ellos te dicen cara a cara, y no en los pasillos o en artículos firmados
con pseudónimo, si les gustado o no lo que has hecho.
Este irrespeto es la principal causa por
la que fracasa la mayoría de los espectáculos para niños.

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