lunes, 11 de mayo de 2015

CAMINAR COMO PAUL NEWMAN





Cuando tenía catorce años, me preocupó mi manera de caminar, pues no la consideraba suficientemente varonil, ni eficaz para atraer las miradas femeninas.
Como siempre ocurre –asombrosa y falazmente (perdónese tanto adverbio seguido), uno llama a estos sucesos coincidencias, cuando sólo se trata del arribo al lugar correcto, en el momento exacto–, el hecho de estar pendiente de tal tema hizo que escuchase por esos días un fragmento de conversación entre tres mujeres, en casa de una costurera amiga de mi madre, a la que ésta me había enviado a entregarle unas telas.
Una de las presentes comentó que le encantaba la forma de caminar del actor estadounidense Paul Newman, a la que tildó de muy masculina. Agregó que ella no podía quitarle la vista de encima a un hombre que caminara como él.
La conversación cesó abruptamente cuando el trío advirtió mi presencia, pero ya el mensaje había llegado a destino.
En los siguientes dos meses –finales de 1966–, alcancé a ver en cines alejados de casa y en copias bastante gastadas dos películas protagonizadas por Newman. Una fue Torn CurtainCortina rasgada–, de Alfred Hitchcock, en el cine La Vega.
La segunda –probablemente, Harper, investigador privado, pues fue su otro film de ese año–, la vi en el cine Antímano, entonces considerado foráneo. Cuando estuve en ellas, ambas salas lucían como ejemplares de una especie que se extingue y, en efecto, desaparecieron entre finales de los Setenta y comienzos de los Ochenta.
En estas salas, por lo escasa afluencia de público en los días laborables, la exigencia de una edad mínima para el ingreso era menos rigurosa. Las dos tenían clasificación C, es decir, para mayores de 18 años, y yo sólo estaba a pocos días de cumplir catorce. En ninguno de los dos casos fue necesario sobornar a los porteros.
Durante las proyecciones, apenas me fijé en los argumentos. Mi único propósito era asimilar la forma de desplazarse de Newman: pasos firmes y no muy rápidos; los brazos, ligeramente arqueados y paralelos al cuerpo, balanceados con armonía.
Había detalles en su modo de caminar que estimulaban el erotismo femenino. En ocasiones, por ejemplo, las manos las llevaba en los bolsillos de los pantalones, formando con los brazos una especie de óvalo cuyo ángulo inferior cerraba a la altura del bajo vientre.
Mientras caminaba, los dedos de las dos manos debían lucir laxos, despreocupados, como si se tuviera el control de la vida. Para quienes saben de mudras –las posiciones de las manos para abrir o cerrar circuitos de energía vital–, las de Newman y luego las mías adoptaban la llamada Lol.
Si se acercaba una chica interesante, la mano derecha debía cambiar y asumir la forma de una pistola, aunque apuntando al suelo: índice y medio unidos y extendidos, el pulgar tras ellos, recogido. Supongo que era una forma de decir ¡aquí te mato!
En casa y ante un espejo de cuerpo entero, me afané en reproducir los desplazamientos de Newman, intentando hacerlos míos.
Consciente de no tener su físico, ni de lejos, estaba seguro de que imitar sus desplazamientos generaría una reacción favorable a mis apetitos en el inconsciente femenino de las féminas que hubieran visto sus películas, que suponía eran muchas.
No fue fácil, lo confieso. La misma carencia de memoria cinegética que me ha impedido aprender a bailar y practicar gimnasia conspiró en mi contra durante algo más de dos semanas.
Pero al fin lo logré. De cierto momento al siguiente, ahí estaba yo caminando a lo Paul Newman y dispuesto a atraer a cuantas chicas les pasara por delante.
No puedo decir que me fue mal ni bien, porque ninguna de mis amigas o enamoradas me hizo el menor comentario al respecto.
Pero cerca de una década después, una tarde en que iba caminando por la avenida Urdaneta, en Caracas, entre las esquinas de Carmelitas y Santa Capilla, frente al Banco Central, advertí que a unos cincuenta metros venía hacia mí una amiga a la que tenía algún tiempo sin ver.
Cuando estuvimos frente a frente y superamos los saludos mutuos, ella comentó con admiración:
–¡Armando, me acabo de dar cuenta de que tú caminas igualito a Paul Newman!
Tal comentario, en lugar de halagarme, me produjo la sensación de que mi amiga acababa de desnudarme en plena calle.

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