Cuando
tenía catorce años, me preocupó mi manera de caminar, pues no la consideraba
suficientemente varonil, ni eficaz para atraer las miradas femeninas.
Como siempre ocurre –asombrosa y
falazmente (perdónese tanto adverbio seguido), uno llama a estos sucesos coincidencias, cuando sólo se trata del
arribo al lugar correcto, en el momento exacto–, el hecho de estar pendiente de
tal tema hizo que escuchase por esos días un fragmento de conversación entre tres
mujeres, en casa de una costurera amiga de mi madre, a la que ésta me había
enviado a entregarle unas telas.
Una de las presentes comentó que le
encantaba la forma de caminar del actor estadounidense Paul Newman, a la que
tildó de muy masculina. Agregó que
ella no podía quitarle la vista de encima a un hombre que caminara como él.
La conversación cesó abruptamente cuando el trío advirtió mi presencia, pero ya el mensaje había llegado a
destino.
En los siguientes dos meses –finales de
1966–, alcancé a ver en cines alejados de casa y en copias bastante gastadas
dos películas protagonizadas por Newman. Una fue Torn Curtain –Cortina rasgada–,
de Alfred Hitchcock, en el cine La Vega.
La segunda –probablemente, Harper, investigador privado, pues fue
su otro film de ese año–, la vi en el cine Antímano, entonces considerado
foráneo. Cuando estuve en ellas, ambas salas lucían como ejemplares de una
especie que se extingue y, en efecto, desaparecieron entre finales de los
Setenta y comienzos de los Ochenta.
En estas salas, por lo escasa afluencia
de público en los días laborables, la exigencia de una edad mínima para el
ingreso era menos rigurosa. Las dos tenían clasificación C, es decir, para
mayores de 18 años, y yo sólo estaba a pocos días de cumplir catorce. En
ninguno de los dos casos fue necesario sobornar a los porteros.
Durante las proyecciones, apenas me
fijé en los argumentos. Mi único propósito era asimilar la forma de desplazarse
de Newman: pasos firmes y no muy rápidos; los brazos, ligeramente arqueados y
paralelos al cuerpo, balanceados con armonía.
Había detalles en su modo de caminar que estimulaban el erotismo femenino. En ocasiones, por ejemplo, las manos las llevaba en los bolsillos de los pantalones, formando con los brazos una especie de óvalo cuyo ángulo inferior cerraba a la altura del bajo vientre.
Había detalles en su modo de caminar que estimulaban el erotismo femenino. En ocasiones, por ejemplo, las manos las llevaba en los bolsillos de los pantalones, formando con los brazos una especie de óvalo cuyo ángulo inferior cerraba a la altura del bajo vientre.
Mientras caminaba, los dedos de las dos
manos debían lucir laxos, despreocupados, como si se tuviera el control de la
vida. Para quienes saben de mudras –las posiciones de las manos para abrir o
cerrar circuitos de energía vital–, las de Newman y luego las mías adoptaban la
llamada Lol.
Si se acercaba una chica interesante,
la mano derecha debía cambiar y asumir la forma de una pistola, aunque apuntando al suelo: índice y medio unidos y
extendidos, el pulgar tras ellos, recogido. Supongo que era una forma de decir ¡aquí te mato!
En
casa y ante un espejo de cuerpo entero, me afané en reproducir los
desplazamientos de Newman, intentando hacerlos míos.
Consciente de no tener su físico, ni de lejos, estaba seguro de que imitar sus desplazamientos generaría una reacción favorable a mis apetitos en el inconsciente femenino de las féminas que hubieran visto sus películas, que suponía eran muchas.
No
fue fácil, lo confieso. La misma carencia de memoria cinegética que me ha
impedido aprender a bailar y practicar gimnasia conspiró en mi contra durante algo
más de dos semanas.
Pero al fin lo logré. De cierto momento
al siguiente, ahí estaba yo caminando a lo Paul Newman y dispuesto a atraer a
cuantas chicas les pasara por delante.
No puedo decir que me fue mal ni bien,
porque ninguna de mis amigas o enamoradas me hizo el menor comentario al
respecto.
Pero cerca de una década después, una
tarde en que iba caminando por la avenida Urdaneta, en Caracas, entre las
esquinas de Carmelitas y Santa Capilla, frente al Banco Central, advertí que a
unos cincuenta metros venía hacia mí una amiga a la que tenía algún tiempo sin
ver.
Cuando estuvimos frente a frente y
superamos los saludos mutuos, ella comentó con admiración:
–¡Armando, me acabo de dar cuenta de que
tú caminas igualito a Paul Newman!
Tal comentario, en lugar de halagarme,
me produjo la sensación de que mi amiga acababa de desnudarme en plena calle.

Armando, un placer leerte de nuevo. Me gustó. Mi cariño siempre.
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