Arbolito
Demasiadas personas creen aún, en esta segunda década
del siglo XXI, que los textos literarios elaborados para niños deben contener
enjambres de diminutivos que, como bebés en un gran salón, impregnen los
escritos de ternura rosa o azul cielo.
Consideran que sin una sobredosis de ellos tales
textos no son atractivos para el público infantil.
Por fortuna, hoy día, las obras sofocadas por
aglomeraciones de diminutivos han perdido peso en las principales editoriales,
aunque se siguen publicando por cuenta de los autores o por pequeños editores
privados.
La obstinación en torno al abuso del diminutivo por quienes
pretenden escribir para niños o jóvenes ya casi no se percibe en las secciones
de obras para niños y jóvenes en librerías y bibliotecas. En éstas ahora
abundan los libros repletos de ilustraciones, incluso cuando las mismas no son
necesarias.
El exceso de diminutivos en los textos todavía se
percibe en las siguientes ocasiones: cuando se es lector de alguna editorial;
si se es jurado en concursos de la especialidad, tanto nacionales como
internacionales; al impartir algún taller sobre literatura destinada a infantes
y adolescentes; al visitar blogs, páginas webs o foros virtuales dedicados a
este tipo de literatura.
La sobrepoblación de diminutivos es la característica
más evidente del amateurismo literario entre los autores de literatura para
niños, trátese de narrativa o poesía. Quienes incurren en este despropósito
son, en su mayoría, docentes de primaria, especialmente aquellas y aquellos
que, por estar en contacto diario con la infancia, se creen autorizados y en
condiciones de escribir obras dirigidas a ella.
No estoy en contra de quienes se inician en el oficio
literario, provengan del oficio o profesión que sea. Sí lo estoy contra quienes
se lanzan sobre el papel en blanco o la pantalla de computadora como si éstos
fueran territorios sin ley, a merced de los más ambiciosos. Sin el propósito de
ir superando las carencias y errores de sus obras, tanto las primeras como las
posteriores.
La literatura no es una carrera universitaria que
requiere una preparación previa para su posterior ejercicio. Pero sí necesita
como base el conocimiento del lenguaje y de las técnicas básicas de la
escritura creativa. Ambas las proporciona la lectura de libros del género que
se quiera desarrollar e incluso de otros en los que tal vez no trabajemos
nunca.
El conocimiento íntimo de la literatura se adquiere
no sólo escribiendo cuanto se quiere o se puede, sino leyendo mucho. ¡Qué digo
mucho: muchísimo!
La lectura nos ayuda a ver nuestras insuficiencias y
deslices en otros, así como los caminos tomados para erradicarlos. Además,
enriquece nuestro vocabulario, nos informa de diversos aspectos de la vida
humana y suprahumana, es decir, la de los personajes literarios.
También estimula nuestra sensibilidad y nuestra
creatividad, como sólo las vivencias intensas y grandes obras de otras artes
pueden hacerlo.
Lamentablemente, hay demasiados cachorros de escritor
a quienes les fastidia leer. A causa de ello, se comportan como olas que rompen
en la costa, acometiendo las mismas porciones de arena durante el día y la
noche. Vale decir, para aclarar el simil, que cometen siempre los mismos
errores, sin preocuparse por evitarlos o corregirlos.
Este rasgo separa a quienes hacen cuentos o poemas
para infantes de los profesionales de la escritura que se dedican a lo mismo.
Cuando los primeros escriben, la principal
característica de sus textos es que, por lo general, están saturados de
diminutivos. De diminutivos y de algunos elementos a los que se considera
tiernos y poéticos per se, tales como
princesas y príncipes, hadas y duendes, conejos, pájaros, nubes, árboles y arco
iris.
Las más de las veces, estos elementos se presentan diminutiveados, vale decir, en su versión
constreñida: princesitas y princesitos, haditas y duendecitos,
conejitos, pajaritos, nubecitas y arbolitos.
Sólo el arco iris se salva de ser miniaturizado, por la dificultad fonética que
suscita esa acción: arquito iris o arco
irisito. (¡Brrrr!).
Los que abusan de los diminutivos en la escritura no
advierten que, habitualmente, los niños no los usan en su habla corriente y que
somos los adultos quienes los empleamos cuando nos dirigimos a ellos, pretendiendo
mostrarnos cariñosos, condescendientes o encubiertamente manipuladores.
Ello se debe a que el diminutivo es un elemento del
lenguaje al que apelamos cuando ya hemos abandonado la infancia y tenemos una
noción más aproximada de las verdaderas dimensiones del mundo. También gracias
a que el uso cotidiano del idioma en que nos movemos nos ha permitido adquirir cierta
destreza sobre cuándo usar unos u otros elementos lingüísticos, entre ellos los
diminutivos y los aumentativos.
Por lo general, si los niños emplean diminutivos, lo
hacen más por imitación o costumbre que por necesidad comunicativa. Los
infantes apelan a un diminutivo para repetir un apodo cariñoso o para referirse
a sus pequeños familiares cercanos: Chabelita,
Carlitos, mi hermanita o hermanito,
tu primita o primito.
Sin embargo, el uso más frecuente que hacen de
diminutivos tiene como objetivo distanciarse de sus congéneres más pequeños:
–¡Ya no soy un niñito!
–¡Yo crecí, ya no soy chiquita!
Algo similar hacen los adolescentes, para exigir que
no se les trate como niños.
En el continente americano somos especialmente
afectos a los diminutivos. Los utilizamos –igual que en España, de algunas de
cuyas regiones proviene tal aprecio–, no sólo para empequeñecer lingüísticamente
las cosas, sino también para expresar estados de ánimo relacionados con ciertas
situaciones y personas.
Pero entre nosotros su uso se convierte, muchas veces,
en abuso. De hecho, es tan frecuente su empleo que podríamos considerarlo un
vicio del español que hablamos en este lado del mundo.
Obsérvese, por ejemplo, que el título original de la hermosa
obra de Antoine de Saint Exupéry es Le
petit prince. En inglés, fue traducido como The Little prince. La traducción literal al español de ambos títulos
es El pequeño príncipe.
¿Cómo lo titularon su primer traductor al español, el
abogado y escritor argentino Bonifacio Del Carril, y la primera editorial que
lo publicó en nuestro idioma, Emecé, de Argentina? El Principito. Esto ocurrió en 1951.
Cinco años después, la editorial Diana, de México, lo
puso en manos de los lectores de ese país con su título original: El pequeño príncipe.
¿Cómo quedó, sin embargo, en la cotidianidad de la América
de habla hispana? El Principito.
Podrían, por tanto, alegar quienes inundan sus
escritos de diminutivos que esta saturación es un rasgo positivo de
americanidad, pero no es así. Recuérdese que hemos aludido a esta
particularidad señalándola como un vicio y no como una virtud.
¿Por qué?
En uno de los versos del poema “Arte poética” –que
figura en su libro El espejo de agua,
aparecido en 1916–, el poeta chileno Vicente Huidobro dice una de las mayores
verdades del trabajo literario: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”.
Igual ocurre con el
diminutivo e incluso con cualquier otro recurso de carácter literario al que se
acude cuando pretendemos escribir un poema o una narración para niños o
adolescentes.
La profusión de adjetivos,
de diminutivos e incluso de metáforas arruina cualquier texto. ¿Por qué? Porque
al ser usados en exceso se incurre en diversos desenfrenos literarios como el
ripio –uso de
palabras innecesarias–, la redundancia –reiteración
de un significado en una expresión, como niñito
pequeño–, cursilería, antiesteticismo y hasta falta de respeto hacia el
lector. cursi
La literatura, como
cualquier arte, requiere de equilibrio. En su caso, entre sus componentes
lingüísticos y entre estos y la estructura. La ausencia de equilibrio es algo
que se percibe de inmediato y también de inmediato echa a perder cualquier
buena intención literaria.
Volviendo a lo que
hablábamos al principio, muchas más personas de las que pueda uno imaginar están
convencidas de que los cuentos y poemas escritos y editados para niños deben derramar
diminutivos a borbotones.
Consideran que su uso le da carácter poético y
afectivo a los escritos y, además, los hace comprensibles y atractivos para los
infantes.
No toman en cuenta que los sufijos en diminutivo sólo
tienen sentido cuando el texto lo exige, bien porque estemos describiendo algo
de lo cual procuramos resaltar su pequeñez o porque queremos referirnos emotivamente
a ese algo.
Un arbolito es un árbol de poca altura y una campanita una campana diminuta. Pero
no todos los árboles son arbolitos, ni todas las campanas, campanitas. Esto es
cierto en la vida cotidiana y también en la literatura, incluso la elaborada
para niños.
El empleo
emotivo del diminutivo es curioso y complejo, ya que una misma palabra puede
admitir matices contradictorios y manifestar tanto nuestra estima como nuestro
desprecio. Más curioso aún es que, según el contexto, la mayoría de las palabras
en diminutivo pueden adoptar uno u otro matiz.
Detengámonos
en dos de ellas: pueblito y librito.
–¡Qué
bello el pueblito donde estuvimos de vacaciones
el año pasado! –comenta alguien con gran cariño y nostalgia.
–¡Yo,
en cambio, estaba harta de vivir en ese pueblito!
–dice una mujer proveniente del mismo lugar y recién llegada a la gran ciudad
donde transcurre la conversación.
–¡Este
librito cambió mi vida! –dice una persona
a otra, señalando una obra de pequeño formato en el interior de una librería.
–¡Quien
escribió esto, quiso hacer una gran obra y apenas le salió este librito! –apunta con sorna un segundo
visitante de la misma librería, mientras hojea otro volumen de pocas páginas.
Gran cantidad de vocablos en diminutivo denotan
amabilidad o cortesía. Este rasgo es común en la zona andina del continente
americano y en la mayor parte del territorio mexicano.
–¿Le puedo pedir un favorcito?
–¿Quiere
que le traiga un cafecito?
–Espéreme un momentico.
–¿Me da un permisito?
En
algunos casos, más que expresar amabilidad o cortesía, ciertos diminutivos
revelan sumisión. No necesariamente una relación sumisa de los hablantes en el
presente, sino atávica, rasgo de un proceso de dominación en los siglos
precedentes. Recordemos los vocablos patroncito,
de uso común en México, y su mercecita,
en Colombia. Su mercecita, para
quienes no lo saben, sustituye a su mercedita,
que sería el verdadero diminutivo de su
merced.
En otros casos, el diminutivo
expresa sentimientos de piedad, de conmiseración: pobrecito,
viejita, mochito.
Los seres que amamos –pareja, padres, hijos,
otros familiares y mascotas–, se hacen merecedores de nuestros diminutivos de
cariño: amorcito, cielito, queridita. También de apodos tiernos nacidos de alguna peculiaridad
física o de episodios anecdóticos: Negrita,
Loquito, Peludita.
Nuestro
amor en diminutivo igualmente lo dirigimos a nuestros alimentos predilectos: bizcochitos, caramelitos, chocolatitos.
Los
hipocorísticos, esto es, los nombres amorosos derivados de los propios, también
son susceptibles al diminutivo: Panchita,
Manolito, Lolita, Pepito, Conchita, Toñito.
Esta
segunda forma altera tanto el nombre original que muchas veces resulta difícil,
para alguien cuya lengua materna no es el español, comprender de dónde proviene
el hipocorístico: Lolita viene de Lola y éste de Dolores; Manolito
proviene de Manolo y éste, a su vez,
de Manuel; Panchita, de Pancha y Francisca; Pepito, de Pepe y José; Conchita, de Concha y Concepción; Toñito, de Toño y Antonio.
También la mala leche –el mal carácter permanente o
pasajero–, puede expresarse mediante
diminutivos: no me interesa lo que diga esa personita; la mujercita de ese hombre es insoportable.
Los usos sentimentales del diminutivo nos llevan, incluso en
el habla cotidiana, a cometer excesos. En el terreno deportivo, por ejemplo, cuando
se habla de un jugador o atleta joven se dicen cosas absurdas como sólo tiene veintiún añitos.
Si el receptor de ese comentario ha vivido ese tiempo, según
las leyes de todos los países del mundo ya es un adulto. Por otra parte y hasta
donde sé, tanto los años como los añitos constan de 365 días. ¿O es que los
añitos son más pequeños?
Existe también el diminutivo con intención jocosa, que es
utilizado las más de las veces en tono irónico: se las da de graciosito; a
ella sólo le gustan los gorditos.
Curiosamente y según la Real
Academia de la Lengua Española, otros diminutivos tienen un significado
intensivo. Ejemplos: ahorita, cerquita, pequeñín. Ahorita es más
pronto que ahora. Cerquita se utiliza para acentuar la
proximidad de algo. Pequeñín resalta
la cortedad de tamaño o volumen de un objeto, un animal o una persona.
Ahorita cuenta, además, con su
propio diminutivo: ahoritica, de uso
habitual en los países atravesados por la cordillera de los Andes.
En la mayoría de los casos, el
diminutivo se forma a partir de un adjetivo: blanco/blanquito; dulce/dulcita;
rápido/rapidito, baja/bajita.
Algunos diminutivos tienen su origen
en adverbios (prontito, lueguito); en sustantivos (Carmencita, Jorgito) y, en poquísimas ocasiones, casi siempre de carácter
íntimo, en pronombres posesivos (tuyita,
miíto).
En Venezuela tenemos el diminutivo
del nombre de una ciudad. Se trata de Caracas y su diminutivo Caraquita, utilizado en diversas oportunidades
y para varias entidades: originalmente, fue la denominación genérica de las
loterías clandestinas que existieron en el país hasta mediados del siglo XX.
Ello debido a que las mismas se regían por los premios que otorgaban los únicos
sorteos legales de entonces, los de la Lotería de Caracas.
También se llama Caraquita a un ave de la región central
venezolana (el carduelis xanthogastra)
y a un sector del Municipio Carlos Arvelo del estado Carabobo, cuya capital es
Güigüe.
A mediados
del siglo XX sirvió además de nombre a un cuarteto musical y a la botella
pequeña de la Cerveza Caracas.
Si los diminutivos a partir de nombres de
ciudades son poco comunes, más raro es que la denominación de un país provenga
de uno de tales vocablos empequeñecedores.
Por eso creo excepcional el caso de Venezuela, nacido de la traducción al español del
diminutivo italiano de Venecia.
Fue dado, según una versión, por Americo Vespucio cuando observó los
palafitos –viviendas de madera sobre pilotes del mismo material, que
sobresalían del agua–, en el lago de Maracaibo. Según otra por el explorador español
Alonso de Ojeda, a partir del comentario de Vespucio.
Éste último señaló, en una
carta dirigida a su mecenas, Lorenzo di Pier
Francesco de Médici –primo de Lorenzo de Medici, El Magnífico–, que se
había topado con una venezziola, esto
es, una Venecia Pequeña.
Pero tanto en italiano (-iola), como en español (-zuela), son sufijos empleados
habitualmente con carácter despectivo. Cierto es que tal vez el comentario de
Vespucio no tenía esa connotación, pero dado el uso posterior del nombre
Venezuela, tanto en España como en otras regiones de Europa, sin duda hubo algo
de desdeñoso o, cuando menos, de displicente, en el mismo.
No olvidemos que, pese al
sentido reductor que puedan conferir las terminaciones -zuela y -zuelo, ambas se
emplean regularmente con carácter despreciativo: mujerzuela, escritorzuelo.
Sin embargo –y esto parece
dar la razón a quienes opinan que Venezuela
equivale a Venecia Pequeña–, las
palabras mozuela y jovenzuelo, en cambio, se comportan como
atenuativos de mozo y joven.
Y ya que me he extendido en
curiosidades, no puedo pasar por alto una anécdota que presencié en el mercado
artesanal de Aguas Calientes, el poblado próximo a Machu Picchu, en Perú.
Entonces, escuché por primera vez el diminutivo de un pronombre demostrativo.
Mi
esposa estaba comprando una bufanda e indicó la que quería a la vendedora.
Ésta, para asegurarse de que la que iba a tomar de la exhibición era la que le
solicitaban, preguntó, mientras señalaba la prenda con el dedo índice:
–¿Usted quiere esita?
Llegados
aquí, debo apuntar otra curiosidad: la mayoría de los diminutivos en Hispanoamérica
se construyen con los sufijos ito e ita. Sin embargo, en nuestro idioma
existen muchos otros sufijos que también sirven para invocar tamaños pequeños.
Helos aquí:
-ito -cito, -ecito, -ececito.
-ete, -eto, -ote, -zote, -cete.
-illo -cillo, -ecillo, -ececillo.
-ico -cico, -ecico, -ececico.
-uelo -zuelo, -ezuelo, -ecezuelo,
-achuelo, -ichuelo, -olo.
-ín -ino, -iño.
-ajo -ejo, -ijo.
Todos poseen forma femenina.
El sufijo -ico proviene de
Aragón, Navarra, Murcia y Granada, en España, pero es corriente en Colombia, Venezuela,
Costa Rica y los países antillanos de habla hispana: Cuba, República Dominicana
y Puerto Rico: borrico, gatico.
En el Levante español, así como en Aragón, Cataluña y Valencia, además
de Perú y Costa Rica, es común otro sufijo: -ete.
Ejemplos: barrilete, tenderete. Esta terminación también se
emplea con carácter despectivo: amiguete,
vejete.
Típico de Extremadura es -ino
y de Galicia -iño. Éste proviene de la
lengua gallega y es cercano al sufijo portugués -inho, común en Portugal y, especialmente, en Brasil. Ejemplos: neutrino, teatrino; Alfariño, Carmiña.
Tanto -ete como -ino e -iño son sufijos que mayoritariamente se utilizan
en palabras de uso común, sin sentido reductor: cadete, juguete; latino, marino; cariño, guiño.
El sufijo -illo es habitual en
Andalucía, principalmente en Sevilla. Ejemplos: anillo, banquillo, flequillo, nudillo.
Los
anteriores son los usos habituales del diminutivo. Ahora bien, el hecho de que
sean habituales –o aunque fueran raros–, no quiere decir que sean
gramaticalmente correctos. Sin embargo, determinar su corrección o incorrección
no es el propósito de este breve ensayo.
Nuestro
objetivo es hablar de los malos usos que, en la literatura que se escribe y/o
publica para niños y jóvenes, se da al diminutivo.
No soy académico de la lengua, ni
policía del idioma. Sólo alguien que ama la literatura y le gusta que esté bien
escrita y bien construida. Mi propósito, al escribir este ensayo, no es
prohibir el uso del diminutivo en los textos para niños y jóvenes, ni
administrarlo, sino mostrar cómo y cuándo se abusa de él y, si es posible,
ilustrar las formas comúnmente aceptadas de emplearlo.
Es
posible que alguien, en el futuro, con una capacidad lingüística formidable,
encuentre nuevas formas de uso, lo cual será maravilloso. Pero hasta entonces,
las que he reseñado son las que manejamos o admitimos por ahora.
Dicho
con mayor propiedad: mi idea es que el escritor o aspirante a serlo de obras
destinadas a niños y jóvenes aprenda a autorregular tal uso, pues debe ser él
–o ella–, quien asuma esa tarea.
No
existe la AIDMU –Agencia Internacional contra el Diminutivo Mal Utilizado–, ni ninguna
organización dependiente de la Real Academia de la Lengua Española que
supervise la inadecuada utilización de los diminutivos. Es cuestión, como dice
un conocido aforismo, del menos común de los sentidos: el sentido común.
Así las
cosas, podemos decir que un texto narrativo o poético no se convierte en una
narración o un poema para niños porque rebose de diminutivos. De igual modo, no
porque en un texto abunden los sufijos en aumentativo, el mismo estaría
destinado a gigantes o, cuando menos, a jugadores de básquetbol.
Cuando
escribimos con exceso de diminutivos, olvidamos que la perspectiva que los
niños tienen del mundo es que éste es enorme. De hecho, muchos de nosotros hemos
tenido la experiencia de haber visitado, de adultos, la casa donde nos criamos
y haber experimentado una gran decepción al percibir su verdadero tamaño.
Ello
ocurre por dos razones: por la menguada estatura física que teníamos en nuestra
infancia y porque, al recordar la casa donde nos criamos, nuestra mente la
asocia con ese gran espacio donde cabían nuestros sueños y se desarrollaban
nuestras aventuras imaginarias.
La
presencia de una palabra terminada en diminutivo en un texto debe estar siempre
justificada por el papel que desempeñe en lo que queramos expresar.
Si nos
referimos a un caballito, éste tiene
que ser un caballo pequeño, no porque forme parte de un texto para niños, sino
porque la trama del texto lo requiera.
Tratemos de responder la siguiente pregunta: ¿si
elaboramos una versión de la Guerra de Troya para niños, el célebre caballo de
madera usado para invadir la ciudad amurallada tendría que aparecer como el Caballito de Troya?
¿Verdad
que suena absurdo lo de Caballito de
Troya? Pues igual de absurdo suena la expresión un caballito, cuando en un texto para niños queremos referirnos a
cualquier caballo, no importa el tamaño que tenga, ni la relación que los
personajes o el narrador tengan con él.
Eso no
quiere decir que si nuestro propósito es hablar de un caballo por el que
sentimos –en el pasado o actualmente–, gran cariño, no le digamos en cierto
momento caballito o mi caballito.
Dicho con las palabras que confió el poeta Jesús
Rosas Marcano al escritor y periodista Eloi Yagüe en una entrevista: “La poesía es como el chocolate: la comen todos, grandes y
pequeños. Por eso no hay poesía para niños, aunque cuando escribo para ellos no
destierro los diminutivos, porque un barquito es un barquito, un pollito es un
pollito, no hay otra forma de nombrarlos. Sin embargo, no caigo en la
cursilería ni tampoco en el pedagogismo. La poesía didáctica es odiosa”.
Por otra parte, el diminutivo no está bien empleado
cuando es redundante, es decir, cuando lo usamos sin justificación alguna o lo
utilizamos para designar a algo que, de por sí, ya es pequeño. Este último es
el caso que ampliaré más adelante de niño
y niñito.
Hace
algunos años, en un concurso literario del que fui jurado, tomó parte una
persona que hablaba –en un poema supuestamente para niños–, de El ponycito. Confieso que, al leer tal
palabra, sentí que ya nunca volvería a ser el mismo. De hecho, todavía me
estremezco y tengo retortijones en el espíritu al recordarlo. Siento como si un
dinosaurio hubiese estornudado en mi columna vertebral y la hubiese despojado
de músculos.
Y es que, al referirnos a un pony, estamos hablando
de un caballo que, sin ser un potrillo, es de pequeña estatura, un corcel perteneciente
a una raza equina de menor tamaño que la de los caballos comunes.
Al emplear la palabra pony la imagen que viene a nuestra mente no es otra sino la de un
caballo de escasa altura. Por ello, ponycito
es, sino un delito de lesa lingua,
cuando menos, una aberración.
Éste también es el caso que anunciábamos arriba, el
de niño. Si bien es cierto que el uso
habitual por parte de las madres del vocablo niñito –verbigracia, Niñito
de mi corazón–, lo ha tornado común, cuando escribimos, podemos prescindir
de él. ¿Por qué? Por la simple razón de que el término niño ya contiene la idea de pequeñez.
¿Qué es un niño? Es un ser humano en su primera edad,
en su infancia o, lo que es lo mismo, en la edad pequeña, que de todas estas
formas se define.
Entonces, si niño
ya hace referencia a una persona de estatura breve –y, por supuesto, con
ciertas condiciones físicas, mentales y espirituales, propias de quienes están
en la etapa de crecimiento–, ¿por qué usar niñito?
Alguien puede afirmar que por cariño o para expresar
ternura, tal como hacen las madres y las abuelas con sus hijos y nietos. Pero,
aparte de ellas, ¿qué sentido tiene referirse a un niño diciéndole niñito?
En un texto literario, su uso tiene sentido cuando,
en un diálogo, un personaje se refiere cariñosa o despectivamente a un niño en
particular y, excepcionalmente, cuando el narrador –en primera, segunda persona
u de modo omnisciente–, quiere demostrar, en alguna ocasión particular, su
cariño por determinado personaje infantil.
Niñito, además, suena ofensivo y
entrecomillado, cuando no sale de los labios de una madre o una abuela o cuando
no se dice con cariño sino mercenariamente: ¡ese “niñito” ya me tiene hasta
aquí!
Tanto niñito
como niñato expresan tal sentido
despectivo.
Niñito también es innecesario por
otra razón: en español contamos con el término bebé para referirnos a un recién nacido o neonato y con nené para
hablar de un niño que gatea pero aún no camina. Obviamente, también contamos
con las versiones femeninas de tales vocablos: beba, neonata y nena.
Ahora bien, hay palabras en diminutivo que son de empleo
común por motivos particulares y su uso –que no su abuso–, se justifica por sí
solo en cualquier texto. Dos ejemplos: pajarito
y piedrita.
El uso coloquial de la palabra pájaro le ha dado a ésta diversas connotaciones –especialmente en los
países de la zona tropical americana–, que la separan de la infancia.
Aparte de referirse a cierto tipo de aves, el vocablo
pájaro se usa para designar a un
individuo taimado y astuto y también al sexo masculino. Una pájara, a su vez, es una mujer igualmente
taimada y también una depredadora sexual.
Por ello y con miras a tomar distancia con el vocablo
pájaro –que, en ocasiones, casi nos
suena a vulgaridad–, cuando nos referimos a un ave del orden paseriforme, le
decimos pajarito.
En este
caso podríamos pensar que el uso del diminutivo es redundante, porque todos los
pájaros son pequeños, pero por un lado buscamos precisión y, por otro, que el
vocablo que usamos no se preste a juegos de palabras eróticos o de otra índole.
Sin
embargo, nuestra tendencia latina a tal tipo de juegos ha hecho que también pajarito contenga cierta carga sexual,
pues se recurre a esta palabra para subrayar, desdeñosamente, las exiguas
dimensiones del pene de cierto individuo masculino.
Piedrita, por su parte, sirve para
establecer un determinado tamaño de la piedra a la que nos referimos. Es ésta,
quizás, la palabra en la que el uso de los sufijos en diminutivo y en
aumentativo resulta más perceptible y frecuente.
Decimos piedrita,
si se trata de una piedra pequeña, y piedrota,
si es mayor de lo que consideramos normal. Reservamos el término piedra para una roca manejable, de
tamaño regular, que cabe holgadamente en nuestras manos y a la que no
consideramos ni grande ni pequeña. Claro está que, tal consideración varía de
una mano a otra.
Debido
a ello, la utilización de la palabra piedra,
bien sea en su forma regular o bien con diminutivo o aumentativo, depende de la
ocasión y apelar sólo a la forma empequeñecida –si hacemos un texto para niños–,
es no sólo absurdo sino limitante.
En
contraposición a lo que he expuesto hasta aquí, podría usarse como argumento el
empleo del diminutivo en los cuentos clásicos para niños: “Caperucita Roja” y
“Pulgarcito”, entre otros.
La
protagonista del primero de tales relatos se caracterizaba por llevar una capa
roja para protegerse del frío. Dado el color de la prenda que solía llevar, así
como su edad y su estatura, la gente le dio el cariñoso apodo de Caperucita Roja (traducción no literal
de “Le Petit Chaperon Rouge”, título
en francés de la primera versión escrita de este cuento popular, aparecida en Historias
y cuentos de tiempos pasados, con su moraleja, de Charles Perrault).
Tal como El
pequeño príncipe, la traducción real es La
pequeña caperuza roja, aunque no suene bien.
Quienes
hayan leído ésta o la versión de los hermanos Grimm habrán advertido que no hay
diminutivos en el relato, ni siquiera cuando la niña le habla al lobo
disfrazado de abuela. Es en las ediciones comerciales y en las películas donde se
ha producido este cambio de una abuela
por una abuelita.
Con ello, se pretendió infantilizar el texto, dando a
la abuela el tratamiento que, se supone, le daba su nieta. Pero, si el relato
se hubiese elaborado desde la perspectiva de Caperucita, el lobo habría sido en
verdad un lobote.
En otro
cuento célebre, Pulgarcito es el nombre de un niño exageradamente pequeño. Tan inmoderada
es su pequeñez que se apela al diminutivo para exacerbarla. Y es que el pulgar,
aunque es el más grueso de nuestros dedos, al quedar por debajo de sus
compañeros de viaje, incluso del meñique, se consideró durante siglos el dedo
más pequeño de nuestras manos.
Quien
haya leído la versión de los hermanos Grimm recordará que Pulgarcito es hijo de
una pareja de campesinos que, como no tenía descendencia, en determinado
momento pidió a Dios en voz alta que les concediese un niño, sin importar cómo sea de pequeño.
Siete meses después, la mujer tiene un bebé que no es más grande que un pulgar, y por
ello le dan el nombre de Pulgarcito.
Como se ve, la denominación Pulgarcito
procura transmitir la idea de que el niño –un sietemesino–, es más chico que un pulgar.
Ahora
bien, no porque Pulgarcito sea diminuto, el mundo a su alrededor se ha encogido
y todo se menciona en diminutivo. Al contrario, la historia tiende a resaltar
que, para el niño, todo es enorme y, sin embargo, él no se arredra ante eso.
No
debemos olvidar que la literatura destinada al público infantil empezó como un
producto meramente comercial. Ni Perrault, los hermanos Grimm, Esopo o alguno
de los autores anteriores a 1800 escribió una línea para niños o jóvenes.
Sus textos –tomados de la tradición popular y reelaborados
literariamente por ellos–, estaban destinados a todos los lectores. De hecho,
el trabajo recopilatorio de los Grimm fue de carácter filológico, es decir,
lingüístico.
Fueron
algunos editores quienes, al ver que los cuentos se empleaban en los colegios
con fines moralizantes –muchos de ellos, especialmente las fábulas, porque portaban
moralejas–, decidieron publicar versiones aniñadas de los mismos.
En el caso de “Caperucita Roja”, se le despojó de
todas las alusiones sexuales que aparecían en la versión de Perrault –ya de por
sí desprovista de muchas otras referencias sexuales presentes en el relato oral
original–, y se creó como una advertencia a los niños y niñas para que no hablasen
ni tuviesen trato íntimo con desconocidos. Y menos en un lugar despoblado, como
un bosque.
En
estas ediciones, hechas por redactores a sueldo o a destajo, el público se
suponía que estaba constituido por los niños, escolares o no, pero pronto se advirtió
que en realidad lo componían mayoritariamente las madres, que eran quienes se los
leían a sus hijos por las tardes –en tiempos de mucho frío–, o por las noches,
antes de dormir.
Así las
cosas, el abuso del diminutivo no era tanto para hacer los textos atractivos a
los niños, sino para que sus progenitoras los sintieran como si los estuviesen
contando oralmente.
En resumen, cuando en un texto usemos una palabra en
su forma diminutiva, hagámoslo porque así lo amerita nuestro escrito. De otro
modo, no se justifica literariamente el empleo de dicha palabra.
(2015)