lunes, 25 de mayo de 2015

CONCURSOS DE CUENTOS
HECHOS POR NIÑOS


Se vale asesorar, no intervenir


En los concursos de cuentos escritos por niños me niego a premiar aquellos que se perciben excesivamente intervenidos por adultos.
Concederles un reconocimiento equivale a premiar la deshonestidad, pues el texto no es original del niño que presuntamente es su autor. En la elaboración del mismo han tomado parte uno o más adultos, no nada más asesorando –que me parece válido–, o corrigiendo erratas vergonzosas –que también–, esas que deslucirían a cualquier aprendiz de escritor, como vurro, baca o cavayo.
En los casos a los que me refiero, la participación de los adultos va mucho más allá, ya que introducen elementos que, a kilómetros, se perciben como ajenos a los niños.
Estos elementos van desde la elaboración de tramas complejas, el desarrollo psicológico de algunos personajes y la presentación de paisajes urbanos y rurales exóticos a los que ningún niño tiene acceso, hasta recuerdos de tiempos anteriores a los vividos por los participantes y, principalmente, el uso de un vocabulario marcadamente adulto.
De hecho, lo primero que delata a un texto elaborado por una o más personas que dejaron atrás la infancia es el lenguaje. La adición de palabras y giros idiomáticos impropios de los pequeños.
Por lo general, quienes participan indebidamente en la hechura de tales textos son los padres o representantes del niño, algún pariente, o los docentes y bibliotecarios del respectivo colegio.
Las personas que con frecuencia somos solicitadas como jurados de tales concursos estamos conscientes de que casi todos los textos enviados a estos certámenes están intervenidos y admitimos las asesorías como algo inevitable.
Pero hasta ahí. Asesorar es el límite.
Más allá, cualquier participación de adultos en textos supuestamente elaborados por niños es fraudulenta. Y lo peor: se trata de un fraude del que participan no sólo estos adultos, sino también los niños, obviamente en detrimento de la educación ética de estos.
Es indispensable comprender que un texto hecho por un niño debe ser lo más espontáneo posible, no importa si contiene pequeños errores ortográficos o sintácticos. Esto se supera con el trabajo literario frecuente y la práctica habitual de la lectura.
La espontaneidad infantil se manifiesta en la presentación de personajes apenas esbozados, inmersos en tramas sumamente fantasiosas que para nada se preocupan por la verosimilitud; en la presentación desprolija del texto original –sea éste escrito a mano o en computadora–, y en un despliegue de emociones y sentimientos que únicamente exhibimos en la infancia.
Pese a lo evidente que resulta para quienes escribimos obras destinadas a niños y adolescentes la intervención adulta en los textos de los pequeños, quienes lo hacen no lo tienen tan claro.
En diversas ocasiones he sido interpelado por padres o madres de niñas y niños que no ganaron un concurso, pese a que, según ellos o ellas, los textos de sus descendientes eran de mayor calidad y estaban mejor escritos que los ganadores. Y, en efecto, estaban mejor elaborados, pero los jurados detectamos, sin lugar a dudas, que la elaboración de dichos textos no fue legítima.
Nunca eludo estas interpelaciones porque –confieso que me ha costado comprenderlo, pero es así–, muchos padres, representantes, docentes y bibliotecarios creen honestamente que han obrado bien.
Tras diversas explicaciones y hasta señalamientos hechos puntualmente sobre los propios escritos, la mayoría entiende que no debió influir tanto en su confección y hasta se excusan.
Pero unos pocos no. Ha habido quienes han pretendido descalificarme no sólo como integrante del jurado, sino también como escritor y persona. Otros nos han acusado, no sólo a mí sino a todos los que firmamos el respectivo veredicto, de favoritismo hacia el o los ganadores, prejuicios en contra de sus representados –como si uno los conociera en persona–, e incluso, que los miembros del jurado recibimos un soborno.
Los representantes de los niños deben saber y hacer saber a quienes tienen bajo su tutela que hacer trampa no es lícito, ni tampoco el mejor camino para obtener lo que se quiere en la vida.
Si propician la mentira, el fraude y la trampa, no creo que luego puedan cosechar honestidad, rectitud y justicia en el futuro.
Otro aspecto de los concursos de literatura en los que participan los niños y los adolescentes que amerita un comentario es la reiterada incitación al plagio, pero hablaré de él en otra ocasión.

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