CONCURSOS DE CUENTOS
HECHOS POR NIÑOS
Se vale asesorar, no intervenir
En los concursos de
cuentos escritos por niños me niego a premiar aquellos que se perciben
excesivamente intervenidos por adultos.
Concederles un
reconocimiento equivale a premiar la deshonestidad, pues el texto no es original
del niño que presuntamente es su autor. En la elaboración del mismo han tomado
parte uno o más adultos, no nada más asesorando –que me parece válido–, o
corrigiendo erratas vergonzosas –que también–, esas que deslucirían a cualquier
aprendiz de escritor, como vurro, baca o cavayo.
En los casos a los que
me refiero, la participación de los adultos va mucho más allá, ya que
introducen elementos que, a kilómetros, se perciben como ajenos a los niños.
Estos elementos van
desde la elaboración de tramas complejas, el desarrollo psicológico de algunos
personajes y la presentación de paisajes urbanos y rurales exóticos a los que
ningún niño tiene acceso, hasta recuerdos de tiempos anteriores a los vividos
por los participantes y, principalmente, el uso de un vocabulario marcadamente
adulto.
De hecho, lo primero que
delata a un texto elaborado por una o más personas que dejaron atrás la
infancia es el lenguaje. La adición de palabras y giros idiomáticos impropios
de los pequeños.
Por lo general, quienes
participan indebidamente en la hechura de tales textos son los padres o
representantes del niño, algún pariente, o los docentes y bibliotecarios del
respectivo colegio.
Las personas que con
frecuencia somos solicitadas como jurados de tales concursos estamos conscientes
de que casi todos los textos enviados a estos certámenes están intervenidos y
admitimos las asesorías como algo inevitable.
Pero hasta ahí. Asesorar
es el límite.
Más allá, cualquier
participación de adultos en textos supuestamente elaborados por niños es
fraudulenta. Y lo peor: se trata de un fraude del que participan no sólo estos
adultos, sino también los niños, obviamente en detrimento de la educación ética
de estos.
Es indispensable
comprender que un texto hecho por un niño debe ser lo más espontáneo posible,
no importa si contiene pequeños errores ortográficos o sintácticos. Esto se supera
con el trabajo literario frecuente y la práctica habitual de la lectura.
La espontaneidad infantil
se manifiesta en la presentación de personajes apenas esbozados, inmersos en
tramas sumamente fantasiosas que para nada se preocupan por la verosimilitud;
en la presentación desprolija del texto original –sea éste escrito a mano o en
computadora–, y en un despliegue de emociones y sentimientos que únicamente
exhibimos en la infancia.
Pese a lo evidente que
resulta para quienes escribimos obras destinadas a niños y adolescentes la
intervención adulta en los textos de los pequeños, quienes lo hacen no lo
tienen tan claro.
En diversas ocasiones he sido interpelado por padres o madres de niñas y niños que no ganaron un
concurso, pese a que, según ellos o ellas, los textos de sus descendientes eran de
mayor calidad y estaban mejor escritos que los ganadores. Y, en efecto, estaban
mejor elaborados, pero los jurados detectamos, sin lugar a dudas, que la
elaboración de dichos textos no fue legítima.
Nunca eludo estas
interpelaciones porque –confieso que me ha costado comprenderlo, pero es así–,
muchos padres, representantes, docentes y bibliotecarios creen honestamente que
han obrado bien.
Tras diversas
explicaciones y hasta señalamientos hechos puntualmente sobre los propios
escritos, la mayoría entiende que no debió influir tanto en su confección y
hasta se excusan.
Pero unos pocos no. Ha
habido quienes han pretendido descalificarme no sólo como integrante del
jurado, sino también como escritor y persona. Otros nos han acusado, no sólo a
mí sino a todos los que firmamos el respectivo veredicto, de favoritismo hacia
el o los ganadores, prejuicios en contra de sus representados –como si uno los
conociera en persona–, e incluso, que los miembros del jurado recibimos un
soborno.
Los representantes de
los niños deben saber y hacer saber a quienes tienen bajo su tutela que hacer
trampa no es lícito, ni tampoco el mejor camino para obtener lo que se quiere
en la vida.
Si propician la mentira,
el fraude y la trampa, no creo que luego puedan cosechar honestidad, rectitud y
justicia en el futuro.
Otro
aspecto de los concursos de literatura en los que participan los niños y los
adolescentes que amerita un comentario es la reiterada incitación al plagio, pero
hablaré de él en otra ocasión.

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