sábado, 30 de mayo de 2015

NUBES EN EL CIELO
Cuento ganador del
Concurso Internacional "La belleza en mil palabras" 2015




Donde Pedro vivía no llegaba el agua por tuberías.
Era un lugar muy alto en la montaña. Tan alto que al pueblo lo llamaban El Cielo.
El nombre era irónico: en El Cielo había mucha pobreza y demasiado frío. Nada de la calidez celestial que creemos hay en ese oasis que llamamos Paraíso.
La neblina envolvía a El Cielo por las tardes, las noches y las primeras horas del día como un abrigo pero, en vez de rechazar al frío, era ella quien lo llevaba.
Pese a las bajas temperaturas, sus habitantes debían levantarse tempranito para acarrear agua desde cientos de metros más abajo, donde el líquido formaba un manantial.
Un sábado, habiendo amanecido Pedro con sus padres en la calurosa ciudad entre la montaña y el mar, vio que de los aparatos de aire acondicionado que había en las casas y apartamentos brotaban gotas de agua.
Estas gotas corrían por mangueras y formaban charcos en el suelo. Charcos grandes o pequeños, según el tiempo que los aparatos estuvieran encendidos.
Pero la gente de la ciudad, a la que el agua le llegaba por extensas redes de tuberías, no la valoraba. Preguntando, Pedro averiguó que se trataba de agua pura, como la que fluía de las nubes.
En su casa no se precisaba un aparato de estos sino otro que extrajese el frío estancado bajo la piel como un lagarto dormido. Y, aunque lo hubiesen necesitado, eran tan pobres que no podían comprar uno.
Pensando esto, a Pedro se le ocurrió una idea. Su abuelo había trabajado en una hacienda ganadera y le había enseñado cómo usar una soga para enlazar novillos y potros.
Él no había ido nunca a una hacienda ganadera y sólo había enlazado al perro, al gato, a maderos inmóviles, a sus amigos y al propio abuelo.
Recordó que, en algún lugar de la casa, se guardaba una soga.
Se acordó también que, por las noches y en las mañanas muy temprano, las nubes pasaban por los costados de su casa y a veces ante la propia puerta.
Al regreso, por la tarde, cuando encontró la soga, hizo un lazo en un extremo y practicó un rato atrapando a su hermana, al gato, al perro y a su mamá.
A la mañana siguiente se levantó muy temprano, se colocó su único abrigo y, pese al frío, se apostó en la puerta de la casa.
Tiritaba.
Cuando al fin vio venir hacia él a una nube redonda, suavemente blanca, cargada del agua más pura del mundo, le salió al paso.
Levantó la soga lentamente y, aprovechando que la nube viajaba desprevenida, la capturó por uno de los muchos salientes que presentaba.
La nube dio un chillido, como el de un pájaro que choca contra una telaraña, pero se quedó quieta.
Luego se dejó conducir por Pedro hasta la parte trasera de la casa.
Desde ese momento, la familia de Pedro no tuvo que bajar por agua al manantial.
Todas las mañanas ordeñaban la nube, como a una vaca, y el agua que ella les proporcionaba bastaba para toda la familia.
Muchos vecinos quisieron tener también su propia nube, pero a partir de que Pedro capturara una, las demás se cuidaron de pasar por las calles de El Cielo.
Una madrugada, a Pedro lo despertó un ruido raro. Un lamento –lo había oído en una grabación– como el que hacían las ballenas.
Pedro se levantó y descubrió que el ruido o lamento provenía de la parte posterior de la casa. Del lugar donde se hallaba la nube.
Hacía muchísimo frío. Se puso su abrigo y salió.
Cuando me contó su historia me dijo que, de inmediato, supo que quien producía el ruido era la nube y que en verdad se trataba de un lamento.
La nube lloraba y, al hacerlo, destilaba agua por un costado.
No supo cómo pero en su mente aparecieron sucesivas frases, igual que los subtítulos de una película, y se enteró que la nube estaba triste porque había perdido su libertad.
–¡Pero te necesitamos! –exclamó Pedro–. Tú nos das el agua que usamos.
–Cuando estamos libres –dijo la nube en la mente de Pedro–, damos agua. Si estamos prisioneras, lágrimas. Lo que ustedes beben son mis lágrimas.
A Pedro se le hizo un nudo en la garganta y se estremeció, tanto de frío como de vergüenza. Pensó que si él estuviera prisionero también echaría de menos su libertad.
–No sabía eso –se excusó.
Sin pensarlo mucho, fue hasta el costado de la nube aprisionado por la soga y la liberó.
–¡Gracias! –dijo ella, no en la cabeza de Pedro sino con su voz líquida–. No te preocupes por el agua que, de ahora en adelante, mientras estés aquí, nunca te faltará.
Esa es la razón por la que en casa de Pedro y en el pueblo de El Cielo ya nadie baja hasta el manantial a buscar agua.
¡Pero me falta cuento!
He olvidado contar que, desde ese episodio, la nube pasaba todas las mañanas por la casa de Pedro y descargaba el agua que la familia requería.
Al ver esto, los vecinos hablaron con la mamá de Pedro y ella con su hijo y éste con la nube para explicarle que la falta de agua no era sólo un problema de su familia.
La nube habló con sus parientes y amigos y por eso, si usted alguna vez pasa por el pueblo de El Cielo, tendrá la visión más maravillosa del mundo.
Todos los días, mientras el sol se despereza y junto a cada casa, cientos de personas reciben el agua que voluntariamente les proporcionan las nubes.
Algunas familias han puesto tanques en el techo y otras han hecho pozos subterráneos para que las nubes no tengan que visitarlos a diario, aunque igual casi todas lo hacen.
En El Cielo ya no son pobres porque el que tiene agua y es amigo de las nubes cuenta con las mayores riquezas que existen: la amistad y el amor de la naturaleza.

lunes, 25 de mayo de 2015

CONCURSOS DE CUENTOS
HECHOS POR NIÑOS


Se vale asesorar, no intervenir


En los concursos de cuentos escritos por niños me niego a premiar aquellos que se perciben excesivamente intervenidos por adultos.
Concederles un reconocimiento equivale a premiar la deshonestidad, pues el texto no es original del niño que presuntamente es su autor. En la elaboración del mismo han tomado parte uno o más adultos, no nada más asesorando –que me parece válido–, o corrigiendo erratas vergonzosas –que también–, esas que deslucirían a cualquier aprendiz de escritor, como vurro, baca o cavayo.
En los casos a los que me refiero, la participación de los adultos va mucho más allá, ya que introducen elementos que, a kilómetros, se perciben como ajenos a los niños.
Estos elementos van desde la elaboración de tramas complejas, el desarrollo psicológico de algunos personajes y la presentación de paisajes urbanos y rurales exóticos a los que ningún niño tiene acceso, hasta recuerdos de tiempos anteriores a los vividos por los participantes y, principalmente, el uso de un vocabulario marcadamente adulto.
De hecho, lo primero que delata a un texto elaborado por una o más personas que dejaron atrás la infancia es el lenguaje. La adición de palabras y giros idiomáticos impropios de los pequeños.
Por lo general, quienes participan indebidamente en la hechura de tales textos son los padres o representantes del niño, algún pariente, o los docentes y bibliotecarios del respectivo colegio.
Las personas que con frecuencia somos solicitadas como jurados de tales concursos estamos conscientes de que casi todos los textos enviados a estos certámenes están intervenidos y admitimos las asesorías como algo inevitable.
Pero hasta ahí. Asesorar es el límite.
Más allá, cualquier participación de adultos en textos supuestamente elaborados por niños es fraudulenta. Y lo peor: se trata de un fraude del que participan no sólo estos adultos, sino también los niños, obviamente en detrimento de la educación ética de estos.
Es indispensable comprender que un texto hecho por un niño debe ser lo más espontáneo posible, no importa si contiene pequeños errores ortográficos o sintácticos. Esto se supera con el trabajo literario frecuente y la práctica habitual de la lectura.
La espontaneidad infantil se manifiesta en la presentación de personajes apenas esbozados, inmersos en tramas sumamente fantasiosas que para nada se preocupan por la verosimilitud; en la presentación desprolija del texto original –sea éste escrito a mano o en computadora–, y en un despliegue de emociones y sentimientos que únicamente exhibimos en la infancia.
Pese a lo evidente que resulta para quienes escribimos obras destinadas a niños y adolescentes la intervención adulta en los textos de los pequeños, quienes lo hacen no lo tienen tan claro.
En diversas ocasiones he sido interpelado por padres o madres de niñas y niños que no ganaron un concurso, pese a que, según ellos o ellas, los textos de sus descendientes eran de mayor calidad y estaban mejor escritos que los ganadores. Y, en efecto, estaban mejor elaborados, pero los jurados detectamos, sin lugar a dudas, que la elaboración de dichos textos no fue legítima.
Nunca eludo estas interpelaciones porque –confieso que me ha costado comprenderlo, pero es así–, muchos padres, representantes, docentes y bibliotecarios creen honestamente que han obrado bien.
Tras diversas explicaciones y hasta señalamientos hechos puntualmente sobre los propios escritos, la mayoría entiende que no debió influir tanto en su confección y hasta se excusan.
Pero unos pocos no. Ha habido quienes han pretendido descalificarme no sólo como integrante del jurado, sino también como escritor y persona. Otros nos han acusado, no sólo a mí sino a todos los que firmamos el respectivo veredicto, de favoritismo hacia el o los ganadores, prejuicios en contra de sus representados –como si uno los conociera en persona–, e incluso, que los miembros del jurado recibimos un soborno.
Los representantes de los niños deben saber y hacer saber a quienes tienen bajo su tutela que hacer trampa no es lícito, ni tampoco el mejor camino para obtener lo que se quiere en la vida.
Si propician la mentira, el fraude y la trampa, no creo que luego puedan cosechar honestidad, rectitud y justicia en el futuro.
Otro aspecto de los concursos de literatura en los que participan los niños y los adolescentes que amerita un comentario es la reiterada incitación al plagio, pero hablaré de él en otra ocasión.

jueves, 21 de mayo de 2015


VÍA CRUCIS
DE UN COBRO EN EUROS


La hermosa edición alemana

En abril de 2009, la editorial alemana Deustscher Taschenbuch Verlag (DTV), publicó una recopilación de minificciones elaboradas por escritores de España y América, en una edición bilingüe que incluía 89 textos de 49 autores.
Uno de estos era yo. Dos de los 89 textos eran míos: “Escena de un spaguetti western (versión chicana)” y “Opus 18”, ambos pertenecientes a mi libro Escena de un spaguetti western.
La antología fue titulada en español Minificciones. En alemán, Minigeschichten aus Lateinamerika. La selección y las informaciones biográficas estuvieron a cargo de Erica Engeler, a quien no conozco.
La edición, en rústica, es una de las más bellas que he visto. Muy sobria y sencilla, pero hecha con tanto gusto que da miedo tocarla, por temor a ensuciarla o mancillarla.
Como pago por derechos de autor se estipuló la cantidad de 48 euros para cada escritor. Y, aunque me los enviaron, yo no recibí ni uno, porque ocurrió lo siguiente.
En primer lugar, el fisco alemán cobró un porcentaje. También lo hizo el banco germano desde el que se transfirió el dinero a mi cuenta. Lamentablemente, no puedo decir a cuánto equivalía cada porcentaje, porque extravié los documentos que acompañaban los dos ejemplares que me llegaron. Es posible estos documentos aún sobrevivan en mis archivos, pero lo más seguro es que los haya botado.
Ahí no concluyó la odisea pecuniaria de mis 48 euros.
Lo que quedó, tras las deducciones del fisco alemán y el banco que los transfirió a mi cuenta, no vino directamente a Venezuela. Primero fue al Comerce Bank de Miami que, a su vez, lo envió al Comerce Bank de Nueva York, para que aprobara el depósito en el Banco Mercantil venezolano, que es donde tengo mi cuenta.
Por supuesto, el Comerce Bank –ignoro si el de Nueva York o el de Miami o ambos–, cobró su comisión.
Al arribar el dinero a mi país, tanto el Banco Mercantil como el fisco venezolano dedujeron sus partes. El Mercantil no debió hacerlo puesto que se trataba de un depósito. Pero como de todos modos lo hizo, traté de averiguar el motivo y el gerente de la sucursal de El Recreo, aquí, en Valencia, me explicó que la comisión se debía al cambio de divisas, de euros a bolívares.
Esto me pareció absurdo, dado que el Mercantil recibió mis euros y, en lugar de entregármelos tal como llegaron, pretendía adicionarlos a mi cuenta en bolívares y a precio oficial para después venderlos a precio libre. Es decir, ganaban dos veces a costillas mías. ¡Vaya descaro!
Dado que mi cuenta no reflejó depósito alguno, solicité una averiguación. El resultado lo obtuve en la fecha siguiente: el pago de la editorial DTV se esfumó enteramente entre las comisiones y los impuestos.
Cuando creía que la situación no podría ser más enojosa, lo fue. Dos días más tarde recibí una orden perentoria del fisco venezolano, en la que se me conminaba –en un plazo no mayor a cinco días–, a pagar 14 euros que no pudo deducir del depósito en el Banco Mercantil.

viernes, 15 de mayo de 2015

IRRESPETO





No soporto a los titiriteros, ni a los payasos, que siempre comienzan sus presentaciones de este modo:
–¡Buenos días, niñitos!
–¡Buenos días! –contestan a coro los aludidos.
–¿Cómo están ustedes?
–¡Bien!
–¡No se oye!
–¡Bien!
–¡No se oye!
–¡Bien! –responden los niños con resignación. No tienen dudas de que quienes preguntan son estúpidos o sordos. O ambas cosas.
–¿Cómo se sienten? –insisten los pseudotitiriteros y payasos de pacotilla.
–¡Bien! –siguen contestando los niños.
–¡No se oye! –repiten los desalmados, demostrando que existe una forma de sordera estimulada por la estupidez.
–¡Bien! –responden los pequeños, ya al borde del paroxismo y con deseos de dejar a los padres o adultos que los han llevado al espectáculo, a quienes parece no molestarles el vendaval de necedades.
–¿Ustedes no han desayunado?
–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!
–¡A ver, no se oye!
–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!
–¡No se escucha nadita!
–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!
En semejante bobería pasan tres o cuatro minutos del supuesto espectáculo que luego deviene, si se trata de títeres, en un muñeco que con un palo golpea a otro. Entre los payasos, en un intercambio de bofetadas, aunque lo más común es que el payaso alfa golpee a otro u otros sin que estos le respondan.
Por cierto, estos payasos alfa, si son tan machos como se presentan, ¿por qué siempre tienen voces agudas y chillan tanto?
Lo peor es que después las cosas no mejoran. Todos los actos de las obras de títeres se resuelven con uno de estos golpeando a los otros y, en el caso de los payasos, con caídas truculentas, sonidos de cuchufleta y patadas en los respectivos traseros, que tendrían gracia si dejaran que el público se las propinara.
Cuando termina el espectáculo, la impresión que queda es que éste se ha perpetrado sin imaginación y utilizando solamente las dos últimas sílabas que dan nombre a la actividad.
Quienes actúan así jamás respetan al público, especialmente, a los niños. Los consideran insuficientes mentales y supongo que por eso ellos actúan como tales.
Tal consideración, por cierto, es un reflejo de cómo la sociedad percibe a los niños. No como seres humanos en desarrollo, sino como subnormales que aceptan y se conforman con cualquier cosa. Ésta, por cierto, es también la premisa de la publicidad por televisión.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El público más exigente y espontáneo suele ser el constituido por niños. Ellos te dicen cara a cara, y no en los pasillos o en artículos firmados con pseudónimo, si les gustado o no lo que has hecho.
Este irrespeto es la principal causa por la que fracasa la mayoría de los espectáculos para niños.

lunes, 11 de mayo de 2015

CAMINAR COMO PAUL NEWMAN





Cuando tenía catorce años, me preocupó mi manera de caminar, pues no la consideraba suficientemente varonil, ni eficaz para atraer las miradas femeninas.
Como siempre ocurre –asombrosa y falazmente (perdónese tanto adverbio seguido), uno llama a estos sucesos coincidencias, cuando sólo se trata del arribo al lugar correcto, en el momento exacto–, el hecho de estar pendiente de tal tema hizo que escuchase por esos días un fragmento de conversación entre tres mujeres, en casa de una costurera amiga de mi madre, a la que ésta me había enviado a entregarle unas telas.
Una de las presentes comentó que le encantaba la forma de caminar del actor estadounidense Paul Newman, a la que tildó de muy masculina. Agregó que ella no podía quitarle la vista de encima a un hombre que caminara como él.
La conversación cesó abruptamente cuando el trío advirtió mi presencia, pero ya el mensaje había llegado a destino.
En los siguientes dos meses –finales de 1966–, alcancé a ver en cines alejados de casa y en copias bastante gastadas dos películas protagonizadas por Newman. Una fue Torn CurtainCortina rasgada–, de Alfred Hitchcock, en el cine La Vega.
La segunda –probablemente, Harper, investigador privado, pues fue su otro film de ese año–, la vi en el cine Antímano, entonces considerado foráneo. Cuando estuve en ellas, ambas salas lucían como ejemplares de una especie que se extingue y, en efecto, desaparecieron entre finales de los Setenta y comienzos de los Ochenta.
En estas salas, por lo escasa afluencia de público en los días laborables, la exigencia de una edad mínima para el ingreso era menos rigurosa. Las dos tenían clasificación C, es decir, para mayores de 18 años, y yo sólo estaba a pocos días de cumplir catorce. En ninguno de los dos casos fue necesario sobornar a los porteros.
Durante las proyecciones, apenas me fijé en los argumentos. Mi único propósito era asimilar la forma de desplazarse de Newman: pasos firmes y no muy rápidos; los brazos, ligeramente arqueados y paralelos al cuerpo, balanceados con armonía.
Había detalles en su modo de caminar que estimulaban el erotismo femenino. En ocasiones, por ejemplo, las manos las llevaba en los bolsillos de los pantalones, formando con los brazos una especie de óvalo cuyo ángulo inferior cerraba a la altura del bajo vientre.
Mientras caminaba, los dedos de las dos manos debían lucir laxos, despreocupados, como si se tuviera el control de la vida. Para quienes saben de mudras –las posiciones de las manos para abrir o cerrar circuitos de energía vital–, las de Newman y luego las mías adoptaban la llamada Lol.
Si se acercaba una chica interesante, la mano derecha debía cambiar y asumir la forma de una pistola, aunque apuntando al suelo: índice y medio unidos y extendidos, el pulgar tras ellos, recogido. Supongo que era una forma de decir ¡aquí te mato!
En casa y ante un espejo de cuerpo entero, me afané en reproducir los desplazamientos de Newman, intentando hacerlos míos.
Consciente de no tener su físico, ni de lejos, estaba seguro de que imitar sus desplazamientos generaría una reacción favorable a mis apetitos en el inconsciente femenino de las féminas que hubieran visto sus películas, que suponía eran muchas.
No fue fácil, lo confieso. La misma carencia de memoria cinegética que me ha impedido aprender a bailar y practicar gimnasia conspiró en mi contra durante algo más de dos semanas.
Pero al fin lo logré. De cierto momento al siguiente, ahí estaba yo caminando a lo Paul Newman y dispuesto a atraer a cuantas chicas les pasara por delante.
No puedo decir que me fue mal ni bien, porque ninguna de mis amigas o enamoradas me hizo el menor comentario al respecto.
Pero cerca de una década después, una tarde en que iba caminando por la avenida Urdaneta, en Caracas, entre las esquinas de Carmelitas y Santa Capilla, frente al Banco Central, advertí que a unos cincuenta metros venía hacia mí una amiga a la que tenía algún tiempo sin ver.
Cuando estuvimos frente a frente y superamos los saludos mutuos, ella comentó con admiración:
–¡Armando, me acabo de dar cuenta de que tú caminas igualito a Paul Newman!
Tal comentario, en lugar de halagarme, me produjo la sensación de que mi amiga acababa de desnudarme en plena calle.

viernes, 8 de mayo de 2015

USOS Y ABUSOS DEL DIMINUTIVO EN LA VIDA Y EN LA LITERATURA PARA NIÑOS Y JÓVENES




Arbolito



Demasiadas personas creen aún, en esta segunda década del siglo XXI, que los textos literarios elaborados para niños deben contener enjambres de diminutivos que, como bebés en un gran salón, impregnen los escritos de ternura rosa o azul cielo.
Consideran que sin una sobredosis de ellos tales textos no son atractivos para el público infantil.
Por fortuna, hoy día, las obras sofocadas por aglomeraciones de diminutivos han perdido peso en las principales editoriales, aunque se siguen publicando por cuenta de los autores o por pequeños editores privados.
La obstinación en torno al abuso del diminutivo por quienes pretenden escribir para niños o jóvenes ya casi no se percibe en las secciones de obras para niños y jóvenes en librerías y bibliotecas. En éstas ahora abundan los libros repletos de ilustraciones, incluso cuando las mismas no son necesarias.
El exceso de diminutivos en los textos todavía se percibe en las siguientes ocasiones: cuando se es lector de alguna editorial; si se es jurado en concursos de la especialidad, tanto nacionales como internacionales; al impartir algún taller sobre literatura destinada a infantes y adolescentes; al visitar blogs, páginas webs o foros virtuales dedicados a este tipo de literatura.
La sobrepoblación de diminutivos es la característica más evidente del amateurismo literario entre los autores de literatura para niños, trátese de narrativa o poesía. Quienes incurren en este despropósito son, en su mayoría, docentes de primaria, especialmente aquellas y aquellos que, por estar en contacto diario con la infancia, se creen autorizados y en condiciones de escribir obras dirigidas a ella.
No estoy en contra de quienes se inician en el oficio literario, provengan del oficio o profesión que sea. Sí lo estoy contra quienes se lanzan sobre el papel en blanco o la pantalla de computadora como si éstos fueran territorios sin ley, a merced de los más ambiciosos. Sin el propósito de ir superando las carencias y errores de sus obras, tanto las primeras como las posteriores.
La literatura no es una carrera universitaria que requiere una preparación previa para su posterior ejercicio. Pero sí necesita como base el conocimiento del lenguaje y de las técnicas básicas de la escritura creativa. Ambas las proporciona la lectura de libros del género que se quiera desarrollar e incluso de otros en los que tal vez no trabajemos nunca.
El conocimiento íntimo de la literatura se adquiere no sólo escribiendo cuanto se quiere o se puede, sino leyendo mucho. ¡Qué digo mucho: muchísimo!
La lectura nos ayuda a ver nuestras insuficiencias y deslices en otros, así como los caminos tomados para erradicarlos. Además, enriquece nuestro vocabulario, nos informa de diversos aspectos de la vida humana y suprahumana, es decir, la de los personajes literarios.
También estimula nuestra sensibilidad y nuestra creatividad, como sólo las vivencias intensas y grandes obras de otras artes pueden hacerlo.
Lamentablemente, hay demasiados cachorros de escritor a quienes les fastidia leer. A causa de ello, se comportan como olas que rompen en la costa, acometiendo las mismas porciones de arena durante el día y la noche. Vale decir, para aclarar el simil, que cometen siempre los mismos errores, sin preocuparse por evitarlos o corregirlos.
Este rasgo separa a quienes hacen cuentos o poemas para infantes de los profesionales de la escritura que se dedican a lo mismo.
Cuando los primeros escriben, la principal característica de sus textos es que, por lo general, están saturados de diminutivos. De diminutivos y de algunos elementos a los que se considera tiernos y poéticos per se, tales como princesas y príncipes, hadas y duendes, conejos, pájaros, nubes, árboles y arco iris.
Las más de las veces, estos elementos se presentan diminutiveados, vale decir, en su versión constreñida: princesitas y princesitos, haditas y duendecitos, conejitos, pajaritos, nubecitas y arbolitos. Sólo el arco iris se salva de ser miniaturizado, por la dificultad fonética que suscita esa acción: arquito iris o arco irisito. (¡Brrrr!).
Los que abusan de los diminutivos en la escritura no advierten que, habitualmente, los niños no los usan en su habla corriente y que somos los adultos quienes los empleamos cuando nos dirigimos a ellos, pretendiendo mostrarnos cariñosos, condescendientes o encubiertamente manipuladores.
Ello se debe a que el diminutivo es un elemento del lenguaje al que apelamos cuando ya hemos abandonado la infancia y tenemos una noción más aproximada de las verdaderas dimensiones del mundo. También gracias a que el uso cotidiano del idioma en que nos movemos nos ha permitido adquirir cierta destreza sobre cuándo usar unos u otros elementos lingüísticos, entre ellos los diminutivos y los aumentativos.
Por lo general, si los niños emplean diminutivos, lo hacen más por imitación o costumbre que por necesidad comunicativa. Los infantes apelan a un diminutivo para repetir un apodo cariñoso o para referirse a sus pequeños familiares cercanos: Chabelita, Carlitos, mi hermanita o hermanito, tu primita o primito.
Sin embargo, el uso más frecuente que hacen de diminutivos tiene como objetivo distanciarse de sus congéneres más pequeños:
–¡Ya no soy un niñito!
–¡Yo crecí, ya no soy chiquita!
Algo similar hacen los adolescentes, para exigir que no se les trate como niños.
En el continente americano somos especialmente afectos a los diminutivos. Los utilizamos –igual que en España, de algunas de cuyas regiones proviene tal aprecio–, no sólo para empequeñecer lingüísticamente las cosas, sino también para expresar estados de ánimo relacionados con ciertas situaciones y personas.
Pero entre nosotros su uso se convierte, muchas veces, en abuso. De hecho, es tan frecuente su empleo que podríamos considerarlo un vicio del español que hablamos en este lado del mundo.
Obsérvese, por ejemplo, que el título original de la hermosa obra de Antoine de Saint Exupéry es Le petit prince. En inglés, fue traducido como The Little prince. La traducción literal al español de ambos títulos es El pequeño príncipe.
¿Cómo lo titularon su primer traductor al español, el abogado y escritor argentino Bonifacio Del Carril, y la primera editorial que lo publicó en nuestro idioma, Emecé, de Argentina? El Principito. Esto ocurrió en 1951.
Cinco años después, la editorial Diana, de México, lo puso en manos de los lectores de ese país con su título original: El pequeño príncipe.
¿Cómo quedó, sin embargo, en la cotidianidad de la América de habla hispana? El Principito.
Podrían, por tanto, alegar quienes inundan sus escritos de diminutivos que esta saturación es un rasgo positivo de americanidad, pero no es así. Recuérdese que hemos aludido a esta particularidad señalándola como un vicio y no como una virtud.
¿Por qué?
En uno de los versos del poema “Arte poética” –que figura en su libro El espejo de agua, aparecido en 1916–, el poeta chileno Vicente Huidobro dice una de las mayores verdades del trabajo literario: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”.
Igual ocurre con el diminutivo e incluso con cualquier otro recurso de carácter literario al que se acude cuando pretendemos escribir un poema o una narración para niños o adolescentes.
La profusión de adjetivos, de diminutivos e incluso de metáforas arruina cualquier texto. ¿Por qué? Porque al ser usados en exceso se incurre en diversos desenfrenos literarios como el ripio –uso de palabras innecesarias–, la redundancia –reiteración de un significado en una expresión, como niñito pequeño–, cursilería, antiesteticismo y hasta falta de respeto hacia el lector. cursi    
La literatura, como cualquier arte, requiere de equilibrio. En su caso, entre sus componentes lingüísticos y entre estos y la estructura. La ausencia de equilibrio es algo que se percibe de inmediato y también de inmediato echa a perder cualquier buena intención literaria.
Volviendo a lo que hablábamos al principio, muchas más personas de las que pueda uno imaginar están convencidas de que los cuentos y poemas escritos y editados para niños deben derramar diminutivos a borbotones.
Consideran que su uso le da carácter poético y afectivo a los escritos y, además, los hace comprensibles y atractivos para los infantes.
No toman en cuenta que los sufijos en diminutivo sólo tienen sentido cuando el texto lo exige, bien porque estemos describiendo algo de lo cual procuramos resaltar su pequeñez o porque queremos referirnos emotivamente a ese algo.
Un arbolito es un árbol de poca altura y una campanita una campana diminuta. Pero no todos los árboles son arbolitos, ni todas las campanas, campanitas. Esto es cierto en la vida cotidiana y también en la literatura, incluso la elaborada para niños.
El empleo emotivo del diminutivo es curioso y complejo, ya que una misma palabra puede admitir matices contradictorios y manifestar tanto nuestra estima como nuestro desprecio. Más curioso aún es que, según el contexto, la mayoría de las palabras en diminutivo pueden adoptar uno u otro matiz.
Detengámonos en dos de ellas: pueblito y librito.
–¡Qué bello el pueblito donde estuvimos de vacaciones el año pasado! –comenta alguien con gran cariño y nostalgia.
–¡Yo, en cambio, estaba harta de vivir en ese pueblito! –dice una mujer proveniente del mismo lugar y recién llegada a la gran ciudad donde transcurre la conversación.
–¡Este librito cambió mi vida! –dice una persona a otra, señalando una obra de pequeño formato en el interior de una librería.
–¡Quien escribió esto, quiso hacer una gran obra y apenas le salió este librito! –apunta con sorna un segundo visitante de la misma librería, mientras hojea otro volumen de pocas páginas.
Gran cantidad de vocablos en diminutivo denotan amabilidad o cortesía. Este rasgo es común en la zona andina del continente americano y en la mayor parte del territorio mexicano.    
–¿Le puedo pedir un favorcito?
–¿Quiere que le traiga un cafecito?
Espéreme un momentico.
–¿Me da un permisito?
En algunos casos, más que expresar amabilidad o cortesía, ciertos diminutivos revelan sumisión. No necesariamente una relación sumisa de los hablantes en el presente, sino atávica, rasgo de un proceso de dominación en los siglos precedentes. Recordemos los vocablos patroncito, de uso común en México, y su mercecita, en Colombia. Su mercecita, para quienes no lo saben, sustituye a su mercedita, que sería el verdadero diminutivo de su merced.
En otros casos, el diminutivo expresa sentimientos de piedad, de conmiseración: pobrecito, viejita, mochito.
Los seres que amamos –pareja, padres, hijos, otros familiares y mascotas–, se hacen merecedores de nuestros diminutivos de cariño: amorcito, cielito, queridita. También de apodos tiernos nacidos de alguna peculiaridad física o de episodios anecdóticos: Negrita, Loquito, Peludita.
Nuestro amor en diminutivo igualmente lo dirigimos a nuestros alimentos predilectos: bizcochitos, caramelitos, chocolatitos.
Los hipocorísticos, esto es, los nombres amorosos derivados de los propios, también son susceptibles al diminutivo: Panchita, Manolito, Lolita, Pepito, Conchita, Toñito.
Esta segunda forma altera tanto el nombre original que muchas veces resulta difícil, para alguien cuya lengua materna no es el español, comprender de dónde proviene el hipocorístico: Lolita viene de Lola y éste de Dolores; Manolito proviene de Manolo y éste, a su vez, de Manuel; Panchita, de Pancha y Francisca; Pepito, de Pepe y José; Conchita, de Concha y Concepción; Toñito, de Toño y Antonio.
También la mala leche –el mal carácter permanente o pasajero–, puede expresarse mediante diminutivos: no me interesa lo que diga esa personita; la mujercita de ese hombre es insoportable.
Los usos sentimentales del diminutivo nos llevan, incluso en el habla cotidiana, a cometer excesos. En el terreno deportivo, por ejemplo, cuando se habla de un jugador o atleta joven se dicen cosas absurdas como sólo tiene veintiún añitos.
Si el receptor de ese comentario ha vivido ese tiempo, según las leyes de todos los países del mundo ya es un adulto. Por otra parte y hasta donde sé, tanto los años como los añitos constan de 365 días. ¿O es que los añitos son más pequeños?
Existe también el diminutivo con intención jocosa, que es utilizado las más de las veces en tono irónico: se las da de graciosito; a ella sólo le gustan los gorditos.
Curiosamente y según la Real Academia de la Lengua Española, otros diminutivos tienen un significado intensivo. Ejemplos: ahorita, cerquita, pequeñín. Ahorita es más pronto que ahora. Cerquita se utiliza para acentuar la proximidad de algo. Pequeñín resalta la cortedad de tamaño o volumen de un objeto, un animal o una persona.
Ahorita cuenta, además, con su propio diminutivo: ahoritica, de uso habitual en los países atravesados por la cordillera de los Andes.
En la mayoría de los casos, el diminutivo se forma a partir de un adjetivo: blanco/blanquito; dulce/dulcita; rápido/rapidito, baja/bajita.
Algunos diminutivos tienen su origen en adverbios (prontito, lueguito); en sustantivos (Carmencita, Jorgito) y, en poquísimas ocasiones, casi siempre de carácter íntimo, en pronombres posesivos (tuyita, miíto).
En Venezuela tenemos el diminutivo del nombre de una ciudad. Se trata de Caracas y su diminutivo Caraquita, utilizado en diversas oportunidades y para varias entidades: originalmente, fue la denominación genérica de las loterías clandestinas que existieron en el país hasta mediados del siglo XX. Ello debido a que las mismas se regían por los premios que otorgaban los únicos sorteos legales de entonces, los de la Lotería de Caracas.
También se llama Caraquita a un ave de la región central venezolana (el carduelis xanthogastra) y a un sector del Municipio Carlos Arvelo del estado Carabobo, cuya capital es Güigüe.
A mediados del siglo XX sirvió además de nombre a un cuarteto musical y a la botella pequeña de la Cerveza Caracas.
Si los diminutivos a partir de nombres de ciudades son poco comunes, más raro es que la denominación de un país provenga de uno de tales vocablos empequeñecedores.
Por eso creo excepcional el caso de Venezuela, nacido de la traducción al español del diminutivo italiano de Venecia.
Fue dado, según una versión, por Americo Vespucio cuando observó los palafitos –viviendas de madera sobre pilotes del mismo material, que sobresalían del agua–, en el lago de Maracaibo. Según otra por el explorador español Alonso de Ojeda, a partir del comentario de Vespucio.
Éste último señaló, en una carta dirigida a su mecenas, Lorenzo di Pier Francesco de Médici –primo de Lorenzo de Medici, El Magnífico–, que se había topado con una venezziola, esto es, una Venecia Pequeña.
Pero tanto en italiano (-iola), como en español (-zuela), son sufijos empleados habitualmente con carácter despectivo. Cierto es que tal vez el comentario de Vespucio no tenía esa connotación, pero dado el uso posterior del nombre Venezuela, tanto en España como en otras regiones de Europa, sin duda hubo algo de desdeñoso o, cuando menos, de displicente, en el mismo.
No olvidemos que, pese al sentido reductor que puedan conferir las terminaciones -zuela y -zuelo, ambas se emplean regularmente con carácter despreciativo: mujerzuela, escritorzuelo.
Sin embargo –y esto parece dar la razón a quienes opinan que Venezuela equivale a Venecia Pequeña–, las palabras mozuela y jovenzuelo, en cambio, se comportan como atenuativos de mozo y joven.
Y ya que me he extendido en curiosidades, no puedo pasar por alto una anécdota que presencié en el mercado artesanal de Aguas Calientes, el poblado próximo a Machu Picchu, en Perú. Entonces, escuché por primera vez el diminutivo de un pronombre demostrativo.
Mi esposa estaba comprando una bufanda e indicó la que quería a la vendedora. Ésta, para asegurarse de que la que iba a tomar de la exhibición era la que le solicitaban, preguntó, mientras señalaba la prenda con el dedo índice:
–¿Usted quiere esita?
Llegados aquí, debo apuntar otra curiosidad: la mayoría de los diminutivos en Hispanoamérica se construyen con los sufijos ito e ita. Sin embargo, en nuestro idioma existen muchos otros sufijos que también sirven para invocar tamaños pequeños. Helos aquí:
-ito -cito, -ecito, -ececito.
-ete, -eto, -ote, -zote, -cete.
-illo -cillo, -ecillo, -ececillo.
-ico -cico, -ecico, -ececico.
-uelo -zuelo, -ezuelo, -ecezuelo, -achuelo, -ichuelo, -olo.
-ín -ino, -iño.
-ajo -ejo, -ijo.
Todos poseen forma femenina.
El sufijo -ico proviene de Aragón, Navarra, Murcia y Granada, en España, pero es corriente en Colombia, Venezuela, Costa Rica y los países antillanos de habla hispana: Cuba, República Dominicana y Puerto Rico: borrico, gatico.
En el Levante español, así como en Aragón, Cataluña y Valencia, además de Perú y Costa Rica, es común otro sufijo: -ete. Ejemplos: barrilete, tenderete. Esta terminación también se emplea con carácter despectivo: amiguete, vejete.
Típico de Extremadura es -ino y de Galicia -iño. Éste proviene de la lengua gallega y es cercano al sufijo portugués -inho, común en Portugal y, especialmente, en Brasil. Ejemplos: neutrino, teatrino; Alfariño, Carmiña.
Tanto -ete como -ino e -iño son sufijos que mayoritariamente se utilizan en palabras de uso común, sin sentido reductor: cadete, juguete; latino, marino; cariño, guiño.
El sufijo -illo es habitual en Andalucía, principalmente en Sevilla. Ejemplos: anillo, banquillo, flequillo, nudillo.
Los anteriores son los usos habituales del diminutivo. Ahora bien, el hecho de que sean habituales –o aunque fueran raros–, no quiere decir que sean gramaticalmente correctos. Sin embargo, determinar su corrección o incorrección no es el propósito de este breve ensayo.
Nuestro objetivo es hablar de los malos usos que, en la literatura que se escribe y/o publica para niños y jóvenes, se da al diminutivo.
No soy académico de la lengua, ni policía del idioma. Sólo alguien que ama la literatura y le gusta que esté bien escrita y bien construida. Mi propósito, al escribir este ensayo, no es prohibir el uso del diminutivo en los textos para niños y jóvenes, ni administrarlo, sino mostrar cómo y cuándo se abusa de él y, si es posible, ilustrar las formas comúnmente aceptadas de emplearlo.
Es posible que alguien, en el futuro, con una capacidad lingüística formidable, encuentre nuevas formas de uso, lo cual será maravilloso. Pero hasta entonces, las que he reseñado son las que manejamos o admitimos por ahora.
Dicho con mayor propiedad: mi idea es que el escritor o aspirante a serlo de obras destinadas a niños y jóvenes aprenda a autorregular tal uso, pues debe ser él –o ella–, quien asuma esa tarea.
No existe la AIDMU –Agencia Internacional contra el Diminutivo Mal Utilizado–, ni ninguna organización dependiente de la Real Academia de la Lengua Española que supervise la inadecuada utilización de los diminutivos. Es cuestión, como dice un conocido aforismo, del menos común de los sentidos: el sentido común.
Así las cosas, podemos decir que un texto narrativo o poético no se convierte en una narración o un poema para niños porque rebose de diminutivos. De igual modo, no porque en un texto abunden los sufijos en aumentativo, el mismo estaría destinado a gigantes o, cuando menos, a jugadores de básquetbol.
Cuando escribimos con exceso de diminutivos, olvidamos que la perspectiva que los niños tienen del mundo es que éste es enorme. De hecho, muchos de nosotros hemos tenido la experiencia de haber visitado, de adultos, la casa donde nos criamos y haber experimentado una gran decepción al percibir su verdadero tamaño.
Ello ocurre por dos razones: por la menguada estatura física que teníamos en nuestra infancia y porque, al recordar la casa donde nos criamos, nuestra mente la asocia con ese gran espacio donde cabían nuestros sueños y se desarrollaban nuestras aventuras imaginarias.
La presencia de una palabra terminada en diminutivo en un texto debe estar siempre justificada por el papel que desempeñe en lo que queramos expresar.
Si nos referimos a un caballito, éste tiene que ser un caballo pequeño, no porque forme parte de un texto para niños, sino porque la trama del texto lo requiera.
Tratemos de responder la siguiente pregunta: ¿si elaboramos una versión de la Guerra de Troya para niños, el célebre caballo de madera usado para invadir la ciudad amurallada tendría que aparecer como el Caballito de Troya?
¿Verdad que suena absurdo lo de Caballito de Troya? Pues igual de absurdo suena la expresión un caballito, cuando en un texto para niños queremos referirnos a cualquier caballo, no importa el tamaño que tenga, ni la relación que los personajes o el narrador tengan con él.
Eso no quiere decir que si nuestro propósito es hablar de un caballo por el que sentimos –en el pasado o actualmente–, gran cariño, no le digamos en cierto momento caballito o mi caballito.
Dicho con las palabras que confió el poeta Jesús Rosas Marcano al escritor y periodista Eloi Yagüe en una entrevista: “La poesía es como el chocolate: la comen todos, grandes y pequeños. Por eso no hay poesía para niños, aunque cuando escribo para ellos no destierro los diminutivos, porque un barquito es un barquito, un pollito es un pollito, no hay otra forma de nombrarlos. Sin embargo, no caigo en la cursilería ni tampoco en el pedagogismo. La poesía didáctica es odiosa”.
Por otra parte, el diminutivo no está bien empleado cuando es redundante, es decir, cuando lo usamos sin justificación alguna o lo utilizamos para designar a algo que, de por sí, ya es pequeño. Este último es el caso que ampliaré más adelante de niño y niñito.
Hace algunos años, en un concurso literario del que fui jurado, tomó parte una persona que hablaba –en un poema supuestamente para niños–, de El ponycito. Confieso que, al leer tal palabra, sentí que ya nunca volvería a ser el mismo. De hecho, todavía me estremezco y tengo retortijones en el espíritu al recordarlo. Siento como si un dinosaurio hubiese estornudado en mi columna vertebral y la hubiese despojado de músculos.
Y es que, al referirnos a un pony, estamos hablando de un caballo que, sin ser un potrillo, es de pequeña estatura, un corcel perteneciente a una raza equina de menor tamaño que la de los caballos comunes.
Al emplear la palabra pony la imagen que viene a nuestra mente no es otra sino la de un caballo de escasa altura. Por ello, ponycito es, sino un delito de lesa lingua, cuando menos, una aberración.
Éste también es el caso que anunciábamos arriba, el de niño. Si bien es cierto que el uso habitual por parte de las madres del vocablo niñito –verbigracia, Niñito de mi corazón–, lo ha tornado común, cuando escribimos, podemos prescindir de él. ¿Por qué? Por la simple razón de que el término niño ya contiene la idea de pequeñez.
¿Qué es un niño? Es un ser humano en su primera edad, en su infancia o, lo que es lo mismo, en la edad pequeña, que de todas estas formas se define.
Entonces, si niño ya hace referencia a una persona de estatura breve –y, por supuesto, con ciertas condiciones físicas, mentales y espirituales, propias de quienes están en la etapa de crecimiento–, ¿por qué usar niñito?
Alguien puede afirmar que por cariño o para expresar ternura, tal como hacen las madres y las abuelas con sus hijos y nietos. Pero, aparte de ellas, ¿qué sentido tiene referirse a un niño diciéndole niñito?
En un texto literario, su uso tiene sentido cuando, en un diálogo, un personaje se refiere cariñosa o despectivamente a un niño en particular y, excepcionalmente, cuando el narrador –en primera, segunda persona u de modo omnisciente–, quiere demostrar, en alguna ocasión particular, su cariño por determinado personaje infantil.
Niñito, además, suena ofensivo y entrecomillado, cuando no sale de los labios de una madre o una abuela o cuando no se dice con cariño sino mercenariamente: ¡ese “niñito” ya me tiene hasta aquí!
Tanto niñito como niñato expresan tal sentido despectivo.
Niñito también es innecesario por otra razón: en español contamos con el término bebé para referirnos a un recién nacido o neonato y con nené para hablar de un niño que gatea pero aún no camina. Obviamente, también contamos con las versiones femeninas de tales vocablos: beba, neonata y nena.
Ahora bien, hay palabras en diminutivo que son de empleo común por motivos particulares y su uso –que no su abuso–, se justifica por sí solo en cualquier texto. Dos ejemplos: pajarito y piedrita.
El uso coloquial de la palabra pájaro le ha dado a ésta diversas connotaciones –especialmente en los países de la zona tropical americana–, que la separan de la infancia.
Aparte de referirse a cierto tipo de aves, el vocablo pájaro se usa para designar a un individuo taimado y astuto y también al sexo masculino. Una pájara, a su vez, es una mujer igualmente taimada y también una depredadora sexual.
Por ello y con miras a tomar distancia con el vocablo pájaro –que, en ocasiones, casi nos suena a vulgaridad–, cuando nos referimos a un ave del orden paseriforme, le decimos pajarito.
En este caso podríamos pensar que el uso del diminutivo es redundante, porque todos los pájaros son pequeños, pero por un lado buscamos precisión y, por otro, que el vocablo que usamos no se preste a juegos de palabras eróticos o de otra índole.
Sin embargo, nuestra tendencia latina a tal tipo de juegos ha hecho que también pajarito contenga cierta carga sexual, pues se recurre a esta palabra para subrayar, desdeñosamente, las exiguas dimensiones del pene de cierto individuo masculino.
Piedrita, por su parte, sirve para establecer un determinado tamaño de la piedra a la que nos referimos. Es ésta, quizás, la palabra en la que el uso de los sufijos en diminutivo y en aumentativo resulta más perceptible y frecuente.
Decimos piedrita, si se trata de una piedra pequeña, y piedrota, si es mayor de lo que consideramos normal. Reservamos el término piedra para una roca manejable, de tamaño regular, que cabe holgadamente en nuestras manos y a la que no consideramos ni grande ni pequeña. Claro está que, tal consideración varía de una mano a otra.
Debido a ello, la utilización de la palabra piedra, bien sea en su forma regular o bien con diminutivo o aumentativo, depende de la ocasión y apelar sólo a la forma empequeñecida –si hacemos un texto para niños–, es no sólo absurdo sino limitante.
En contraposición a lo que he expuesto hasta aquí, podría usarse como argumento el empleo del diminutivo en los cuentos clásicos para niños: “Caperucita Roja” y “Pulgarcito”, entre otros.
La protagonista del primero de tales relatos se caracterizaba por llevar una capa roja para protegerse del frío. Dado el color de la prenda que solía llevar, así como su edad y su estatura, la gente le dio el cariñoso apodo de Caperucita Roja (traducción no literal de “Le Petit Chaperon Rouge”, título en francés de la primera versión escrita de este cuento popular, aparecida en Historias y cuentos de tiempos pasados, con su moraleja, de Charles Perrault).
Tal como El pequeño príncipe, la traducción real es La pequeña caperuza roja, aunque no suene bien.
Quienes hayan leído ésta o la versión de los hermanos Grimm habrán advertido que no hay diminutivos en el relato, ni siquiera cuando la niña le habla al lobo disfrazado de abuela. Es en las ediciones comerciales y en las películas donde se ha producido este cambio de una abuela por una abuelita.
Con ello, se pretendió infantilizar el texto, dando a la abuela el tratamiento que, se supone, le daba su nieta. Pero, si el relato se hubiese elaborado desde la perspectiva de Caperucita, el lobo habría sido en verdad un lobote.
En otro cuento célebre, Pulgarcito es el nombre de un niño exageradamente pequeño. Tan inmoderada es su pequeñez que se apela al diminutivo para exacerbarla. Y es que el pulgar, aunque es el más grueso de nuestros dedos, al quedar por debajo de sus compañeros de viaje, incluso del meñique, se consideró durante siglos el dedo más pequeño de nuestras manos.
Quien haya leído la versión de los hermanos Grimm recordará que Pulgarcito es hijo de una pareja de campesinos que, como no tenía descendencia, en determinado momento pidió a Dios en voz alta que les concediese un niño, sin importar cómo sea de pequeño.
Siete meses después, la mujer tiene un bebé que no es más grande que un pulgar, y por ello le dan el nombre de Pulgarcito. Como se ve, la denominación Pulgarcito procura transmitir la idea de que el niño –un sietemesino–, es más chico que un pulgar.
Ahora bien, no porque Pulgarcito sea diminuto, el mundo a su alrededor se ha encogido y todo se menciona en diminutivo. Al contrario, la historia tiende a resaltar que, para el niño, todo es enorme y, sin embargo, él no se arredra ante eso.
No debemos olvidar que la literatura destinada al público infantil empezó como un producto meramente comercial. Ni Perrault, los hermanos Grimm, Esopo o alguno de los autores anteriores a 1800 escribió una línea para niños o jóvenes.
Sus textos –tomados de la tradición popular y reelaborados literariamente por ellos–, estaban destinados a todos los lectores. De hecho, el trabajo recopilatorio de los Grimm fue de carácter filológico, es decir, lingüístico.
Fueron algunos editores quienes, al ver que los cuentos se empleaban en los colegios con fines moralizantes –muchos de ellos, especialmente las fábulas, porque portaban moralejas–, decidieron publicar versiones aniñadas de los mismos.
En el caso de “Caperucita Roja”, se le despojó de todas las alusiones sexuales que aparecían en la versión de Perrault –ya de por sí desprovista de muchas otras referencias sexuales presentes en el relato oral original–, y se creó como una advertencia a los niños y niñas para que no hablasen ni tuviesen trato íntimo con desconocidos. Y menos en un lugar despoblado, como un bosque.
En estas ediciones, hechas por redactores a sueldo o a destajo, el público se suponía que estaba constituido por los niños, escolares o no, pero pronto se advirtió que en realidad lo componían mayoritariamente las madres, que eran quienes se los leían a sus hijos por las tardes –en tiempos de mucho frío–, o por las noches, antes de dormir.
Así las cosas, el abuso del diminutivo no era tanto para hacer los textos atractivos a los niños, sino para que sus progenitoras los sintieran como si los estuviesen contando oralmente.
En resumen, cuando en un texto usemos una palabra en su forma diminutiva, hagámoslo porque así lo amerita nuestro escrito. De otro modo, no se justifica literariamente el empleo de dicha palabra.

(2015)