PROPIEDAD COLECTIVA
Cuando se habla de tener una propiedad colectiva,
la mayoría de las personas piensa en un automóvil, una casa o un negocio
compartidos.
Y si en su pensamiento incluyen socios,
quienes acuden a su mente son los individuos menos idóneos que conocen,
aquellos que les caen mal, odian, temen o no les inspiran confianza.
De este modo, la idea de una posesión
colectiva obviamente les parece repugnante o, peor aún, abominable.
Sin embargo, lo que en realidad ocurre
es que su pensamiento se ha puesto cercos él mismo, en lugar de abrirse
libremente.
Porque la verdad verdadera es que, sin
saberlo, poseemos numerosas cosas en propiedad compartida, no sólo con las
personas que amamos, sino también con las que no conocemos, las que nos
resultan indiferentes y hasta con aquellas que detestamos o nos detestan.
¿A que no había pensado que somos
dueños, colectivamente, del aire que respiramos, de la luz solar que alumbra
nuestros días, de la tierra sobre la que nos movemos, del agua que cae del
cielo y la que consumimos, de la atmósfera, el horizonte, las nubes, el mar,
las selvas y los pantanos, entre muchas otras cosas?
Usted dirá que no es dueño del agua que
consume, pero permítame decirle que sí lo es. El pago que hace por ella a la
empresa acuífera no es por el agua en sí, sino por el servicio que le presta al
llevársela a su domicilio.
Ahora bien, la propiedad compartida de
todo lo que hemos reseñado y otras muchas cosas a las que no hemos hecho referencia
nos permite disfrutar cada una de ellas, pero también nos exige respetarlas.
Un
respeto que se traduce en cuidados para que tales cosas sigan existiendo y
estando a nuestro alcance y al de las generaciones futuras. Piense que lo mismo
haría y exigiría con cualquier otra propiedad en la que tuviese socios: un
automóvil, una casa o un negocio.